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Tierra y sol

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De eso estamos hechos. De tierra y sol. Porque si nos ponemos a ver, no somos más que una combinación más o menos compleja – y más o menos evolucionada – de elementos de la tabla periódica. Los respiramos, nos los bebemos y nos los comemos. Y nuestros cuerpos enteros – desde la sangre que corre por nuestras venas, las venas mismas, y hasta el pelo que nos recortamos de cuando en vez – están compuestos por esos elementos. Y todos ellos, sin excepción, residen en la tierra.

Aquello de que somos polvo, y al polvo volvemos no puede ser más cierto.

Y, por otro lado, toda la energía que nos mueve viene del sol. El calor en nuestra piel, la cuaba que aviva a la brasa, la gasolina del carro de concho y hasta el vigor almacenado en los frutos del campo salieron, en primera instancia, del sol.

Podría argumentarse, a riesgo de que quemen a uno por hereje, que la vida no es otra cosa que esa energía mezclada con la materia de forma organizada e inteligente. Claro, si somos teológicamente ortodoxos, afirmaremos que la inteligencia que organiza todo es un rasgo divino que viene de arriba. Del cielo. De donde está el sol.

¿Será por eso que desde que el mundo es mundo adoramos al sol?

***

El sol es el mismo para todos, pero la manera en que toca cada chin de tierra puede ser diferente. De ahí que flora, fauna y hasta humanidad varíen tanto de un lugar a otro. Y así tiene que ser, porque, si es cierto que somos lo que comemos, y lo que comemos proviene de nuestro entorno, entonces estamos construidos, literalmente, de la misma tierra que pisamos, semejanzas y peculiaridades incluidas.

Supongamos por un momento – y por puro embullo – que esto es verdad. ¿De qué está hecho un santiaguero – como el que escribe estas divagaciones – que creció callejeando por el centro de la ciudad, en los años setenta?

***

De leche de vaca, comprada en bidón a los Álvarez del final de la calle Cuba y hervida en pailas sobre un fogón de carbón. Con esa leche – enterita, con su grasa y su nata – crecimos. Y junto con esa leche, seguramente bebíamos la yerba y el rocío de la finca de dónde provenía, ubicada en La Paloma, al sureste de la ciudad. Y con la yerba, también venía algo del sol que la ayudó a crecer

y con el rocío, un poco del fresco de la madrugada del ordeño.

Poético, ¿verdad? Pero si a la vaca se le ocurría comer anamú, el amargo de la hierba nos llegaba igualito al jarro del desayuno. Y, como sabe todo el que se crio en esa época, con la leche no había excusa que valiera. Había que bebérsela, sí o sí. Ahí mismo se acababa lo bucólico.

Pero démosle un chance al lirismo, y afirmemos que todos los que tomábamos leche de la finca de los Álvarez llevamos dentro partículas de los terrones negros de la llanura que ahora es vecina del aeropuerto.

De por esos mismos lados – del eje, más amplio, formado por Barranca-Moca-Tamboril – debían venir los víveres que comprábamos donde Ana, la doña que tenía el ventorrillo en la Luperón, frente a la casa de Juanchy y Fufi Reyes. De Ana y su negocio conservo recuerdos muy vívidos. El ventorrillo era un espacio reducido y de tablas oscuras. Tal vez por eso, siempre estaba en penumbras. Aparte del surtido de víveres, estaba atiborrado de una variedad fragante de verduras, legumbres y frutas.

Decenas de veces acompañé a mi mamá a comprar donde Ana, una mulata entrada en años, con una cara redonda como una torta de casabe, quien la atendía con una cortesía extrema, exenta de cualquier vestigio de afectación o servilismo. Mi mamá la correspondía tratándola con mucho respeto.

Recuerdo que eso llamaba la atención de mi mente de niño. También el hecho de que, si no recuerdo mal, Ana vivía con varios hijos en una pieza al fondo del ventorrillo. Estoy seguro de que en alguna ocasión debí preguntarle a mi mamá por la historia de Ana. ¿Había sido marchanta, de las de burro, o de las de canasta con babonuco, y por alguna razón atendible se había retirado de la venta ambulante? ¿Quién le había dado la genial idea de montar una especie de mini-sucursal del Hospedaje Yaque en aquel rincón de Los Pepines?

Si mi mamá me dio alguna respuesta, no me acuerdo. Pero lo cierto es que en aquel humilde establecimiento convergían vegetales de toda la región. Guandules frescos de La Canela, limones dulces de Los Montones, vainitas de Baitoa, auyamas de San Víctor, tomates de Jarabacoa. Y con cada bocado, tragábamos un chililín de tierra y sol de cada comarca, y nos hacíamos más cibaeños, más serranos y más linieros.

Los granos – el arroz y las habichuelas de diversos colores – nos llegaban a través de Cheché y su colmado de la Cuba con Restauración. Otro dechado de amabilidad, Cheché. Lo recuerdo siempre sonriente, sentado detrás de su escritorio de caoba. Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el delivery motorizado, ya Cheché enviaba la compra a domicilio en una bicicleta de canasto. Así aterrizaban en nuestra mesa el arroz de Rincón, los frijoles de Cutupú, la miel de Altamira y los huevos criollos de Licey.

De por ahí mismo, de las granjas del triángulo de tierra entre Licey-Canca-Guazumal debía venir la carne de res y de cerdo que mi mamá compraba en la carnicería de la Sabana Larga con General Cabrera.

Cuando venimos a ver, es muy cierto que la mayor parte de lo que comíamos no venía de muy lejos. Las frutas – mayormente regaladas y maroteadas – se daban en los mismos patios de Los Pepines. Guayaba, cereza, limoncillo, guanábana. En cada mordida, en cada champola, reciclábamos el suelo y el agua de lluvia del barrio. Si te cruzabas, en cualquier esquina, con el yunyunero, y le pedías que te guayara uno para el calor, el hielo venía de la fábrica de Bella Vista, y los jarabes de frutas venían casi todos de por ahí cerca. Hasta las abejas que pululaban por las botellas de vidrio debían venir de los panales que siempre había en las cornisas del Palacio de Justicia.

Ni siquiera las golosinas procesadas que comprábamos al chino del Colmado Parque, en Sol con 30 de Marzo, debían venir de muy lejos. El cacao seguramente venia de Castillo, el azúcar de Montellano y el aceite de maní de Samaná.

Si acaso, el trigo foráneo en el pan y las galletas sí provenía de estepas lejanas. Pero no nos dábamos cuenta, porque a nuestras manos y a nuestras bocas llegaba en motoneta, ya fuera por la diligencia callada de Antonio el panadero o por el pregón estentóreo de Pandegente.

***

¿Cómo no querer volver siempre al lugar del que estamos hechos? ¿Existe en verdad una fuerza de atracción entre nuestro ser y el espacio que nos nutrió al crecer? ¿Se hace más poderosa esta atracción con cada placer, con cada dolor que experimenta nuestra carne, con cada emoción que registra nuestra mente? ¿Quién se atreve a negar que la tierra y el sol del que estamos construidos no alcanzan para, de alguna misteriosa y callada manera, moldearnos el alma?

¿Elucubraciones inútiles? Puede ser. Pero qué caray. De pendejadas también está hecha la vida. Y, además, quién sabe. Se atreven hasta a ser verdad.

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