Tías

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Caminando entre el gentío, Laura miraba los escaparates esperando que algo captara su atención. Nada. Como cada año, buscaba el regalo perfecto para su tía Maritza. Y, como cada año, había llegado la víspera del Día de las Madres sin encontrarlo.

Laura quería que el regalo fuera especial, tanto como lo era su tía Maritza. Bueno, ni tanto. Porque más que especial, la tía Maritza era irrepetible. Se conformaría con algo que, no por caro, se saliera de lo ordinario.

Entró a una tienda a curiosear. ¿Qué pegaba con Tía Maritza? Conocía sus gustos, pero quería algo más. ¿Qué define a Tía Maritza?, se preguntó. No tuvo que pensar demasiado. En las buenas y en las malas, el cariño nunca sobra. Ese bien podría ser el lema de la tía, se dijo. Porque en lo que era dar cariño y atención, Maritza tenía una maestría. No, un doctorado.

Laura sonrió para sí. Cierto. Tía Maritza tenía un título doctoral de Tía Indispensable, Summa Cum Laude. Desde que Laura tenía uso de memoria, Maritza estaba repartiendo afecto a todos en la familia. No, eso no es exacto, se corrigió de nuevo Laura. Desde siempre, lo de Maritza ha sido atiborrar a todo el mundo con dosis masivas de ternura.

Sin hijos propios, Maritza había volcado toda la generosidad de su enorme corazón en todos los miembros de su familia y sus allegados. Y, muy especialmente, en los dos hijos de su única hermana. Como resultado, sus sobrinos se daban el gran lujo de tener, en la práctica, dos madres

y sus sobrinos nietos el lujo aún mayor de tener tres abuelas.

Si de celebrar se trataba, para la tía no había ocasiones pequeñas. Siempre estaba presente. Y en los momentos difíciles, recordó Laura mientras surfeaba entre telas y perfumes, Maritza se esmeraba aún más. Invertía su salud de hierro – que para algo la tenía, solía decir – en acompañar y añoñar a cualquiera que perdiera la suya.

Y no había pero que valiera. Mientras Maritza sintiera que podía ser útil a alguien, o hacerle la vida más fácil a alguien, ahí estaba ella metiendo la mano. Y si se le iba la mano y cruzaba la frontera del empalague, no importaba. Para Maritza, tratándose de dar cariño, para que falte que sobre.

Irreductible, la bondad de Maritza. A prueba de fastidios. Laura solía bromear con su hermano que el cielo le quedaba chiquito a la tía. Se la imaginaban ascendida a ayudante de San Pedro, metiéndole un bocadillo en la boca al pobre santo para que esté bien alimentado y suavizándole el ánimo para que deje entrar a más gente.

¿Cómo agradar a alguien que ha convertido el agradar a otros en misión de vida?, se preguntó nuevamente Laura. Tomó de un exhibidor una sencilla pañoleta de seda y se le ocurrió una idea. Por una vez, trataría de darle a la tía Maritza un poco de su propia medicina. Le haría, en una carta que acompañaría a la pañoleta, un recuento preciso y completo de todas las razones por las que era la tía más formidable de la historia.

Se dio en prisa en pagar y en volver a su casa. Tenía mucho que escribir.

***

Aquel domingo, como cada día de su vida, Monchy recordó a su madre. Y como un reflejo, igual que cada día de su vida, Monchy recordó también a su tía Adela. Ambas habían partido hacía muchos años, pero, de alguna manera, seguían presentes en el diario vivir de Monchy.

De su madre, todo lo que se pudiera decir era poco. Su gran cómplice. Su apoyo incondicional. ¿Y de Adela, qué podía decir, si había pasado toda su niñez y su adolescencia alternando temporadas entre la casa de su tía y la de su mamá?

Ni más ni menos, se dijo Monchy aquel domingo, Adela había sido una influencia tan grande en él que a ella creía deberle sus mejores modos. Le constaba que la vieja Adela había asumido, con conciencia y con cariño, la tarea de modelar su carácter hasta convertirlo en lo que ella llamaba un “hombre de bien”.

Si lo habían logrado su mamá y su tía, estaba en otros decirlo. A Monchy le daba igual. A las dos las recordaba y a las dos les rezaba. A diario. Y más aquel domingo, que además era Día de las Madres.

***

Fátima no era una tía cualquiera. No, señor. Cesarín, uno de sus sobrinos, la bautizó un buen día como “la tía violenta”. Seguramente, el pequeño Cesarín estaba impresionado con los súbitos ataques de besos, abrazos y cosquillas con los que Fátima solía sorprender a todos y cada uno de sus sobrinos.

– ¡A que te doy un beso violento! – amenazaba Fátima a cualquiera de ellos en el momento menos esperado, que así se llamaban esos arrebatos que casi siempre terminaban con un revolcón de risas.

Cuando se reunía la familia, Cesarín y sus primos notaban que Fátima nunca se sentaba con los mayores. En vez de conversar sobre temas de grandes en la sala, Fátima prefería estar entre los chiquitos, como una pana más, jugando a lo que fuera que estuvieran jugando. Si era pelota, pues pelota. ¿Juegos de cartas o parché? Ahí estaba Fátima. Si alguna vez los sobrinos lograban el permiso para acampar en el patio de la abuela, la “tía violenta” era la primera que se metía en la tienda y la última que se dormía después de contar cuchucientas historias de aparecidos.

Extrañamente, los años no cambiaron esa divertida connivencia entre Fátima y sus sobrinos. Se sabe que crecer y cambiar de intereses suelen ser sinónimos, pero Fátima encontró la manera de, con tal de seguir conectada a sus compinches, adaptarse a sus gustos adquiridos.

Años después, el día que se graduó de la universidad, Cesarín recibía con su toga y su birrete los parabienes de todos sus familiares. Fátima, desde luego, no podía faltar. Cuando le llegó el turno de recibir su abrazo, Cesarín se percató de un brillo singular en los ojos de Fátima.

Por un instante, sus miradas se cruzaron. Se dijeron mucho antes de que Fátima lo señalara con el dedo. – ¡A que te doy un beso violento! – exclamó la tía. Y se lo dio.

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