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Sol con Cuba

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Parece una esquina cualquiera. Cruzas por ah铆 y, la verdad sea dicha, no hay mucho que te llame la atenci贸n. Un parque descuidado y venido a menos, un parqueo que m谩s anodino no puede ser y un par de comercios.

Pero no, no es una esquina cualquiera.

***

Ese pedacito de Santiago formado por la intersecci贸n de las calles Del Sol y Cuba tiene much铆sima historia. No en vano es uno de los ventr铆culos del coraz贸n de Pueblo Arriba, que no es otro que el Parque Col贸n.

Ya para 1863, que fue el a帽o del Grito de Capotillo y del terrible incendio de Santiago, el cruce de calles exist铆a y era pr谩cticamente el l铆mite oriental de la villa, donde la calle Del Sol conectaba con el camino de Rinc贸n Largo. En ese entonces, la calle Cuba se llamaba calle Nueva y, seguramente, era un camino polvoriento con casas de paredes de madera y techos de cana.

Fue en la 煤ltima d茅cada del siglo XIX, cuando los vecinos de Pueblo Arriba, agrupados en la Sociedad Amigos del Adelanto, decidieron dejar atr谩s el rosario de desventuras que siguieron a la Restauraci贸n de la Rep煤blica y lograron construir el Parque Col贸n en la plaza de la Iglesia de la Altagracia. Para esa 茅poca, la calle Nueva 鈥 tal vez porque ya no lo era 鈥 hab铆a cambiado su nombre a calle De La Uni贸n.

A partir de ah铆, Pueblo Arriba cont贸 con su parque y fortaleci贸 su identidad propia frente a Pueblo Abajo y los dem谩s barrios de la ciudad. Y desde entonces y hasta ahora, la esquina noroeste del Parque Col贸n 鈥 la de Sol con Uni贸n, hasta que fue en definitiva Sol con Cuba 鈥 ha palpitado al ritmo de la vida del barrio. Por numerosas d茅cadas, casi todo lo que import贸 en Los Pepines 鈥 lo festivo y lo tr谩gico, lo rutinario y lo extraordinario 鈥 fluy贸 por esa esquina con todos sus sabores, sus ruidos y sus colores. Fuera escolar, religioso, comercial o pol铆tico, por ah铆 pas贸.

***

En todo el pa铆s, 1959 fue un a帽o horroroso. El r茅gimen hab铆a reaccionado de la manera previsible 鈥 esto es, de la peor manera posible 鈥 a la invasi贸n de junio. Casi todos los hogares ten铆an al menos uno de sus miembros encarcelado o perseguido.

Y, particularmente en Santiago, el inicio de 1960 fue a煤n peor. El grupo de muchachos que se autodenominaba Los Panfleteros 鈥 muchos de ellos menores de edad 鈥 estaba siendo literalmente cazado por los perros de presa de Trujillo. La paranoia de la maquinaria represiva era tal que por un qu铆tame esta paja se llevaban a cualquiera para La 40.

Parec铆a, por aquellos d铆as, que no hab铆a espacio en las calles de Santiago para la inocencia.

Y, sin embargo, fue una acci贸n inocente la que perdi贸 a Chago una tarde de esas, cuando se apost贸 en la esquina del Parque Col贸n a vigilar con disimulo la galer铆a de la casa de los Garc铆a Cordero, en el centro de la cuadra de la calle Cuba entre Sol 鈥 que para ese entonces llevaba el nombre de Presidente Trujillo 鈥 y General Cabrera.

La raz贸n de la vigilia de Chago era tan simple como propia del muchach贸n que era: alcanzar a ver si la hermosa muchacha que visitaba la casa por la temporada navide帽a se asomaba a la galer铆a.

No ten铆a ni cinco minutos en esas cuando divis贸 a un par de compa帽eros suyos, mozalbetes como 茅l, que bajaban caminando desde la iglesia. Se juntaron los tres en la esquina y se saludaron brevemente.

Uno de los que bajaba se帽al贸 con el ment贸n calle abajo, los otros dos voltearon a mirar y, como movidos por un resorte, se separaron de Chago y subieron las escaleras del parque y empezaron a cruzarlo diagonalmente, alej谩ndose de la esquina.

驴Qu茅 vieron que los hizo reaccionar de esa manera? Pues que por la misma calle sub铆a un reconocido palero de Santiago, caminando a paso apresurado hacia donde estaba el tr铆o. Como estaba la cosa, sab铆an muy bien que una reuni贸n de j贸venes en una esquina 鈥 aunque fueran solo tres 鈥 bastaba para levantar sospechas, infundadas o no.

Chago qued贸 solo al pie de la escalera, pretendiendo continuar con su silencioso cortejo, con su mirada fija en la galer铆a por donde asomar铆a la muchacha.

No vio venir el primer golpe. Ni el segundo, ni el tercero ni la andanada que vino despu茅s. El mat贸n, sin mediar palabra, arremeti贸 a macanazos contra Chago al tiempo que lo increpaba, pregunt谩ndole qu茅 informaci贸n subversiva le hab铆an pasado los dos bandidos con los que hab铆a hablado.

A los pocos segundos, sin haber tenido tiempo para defenderse ni para pronunciar una palabra, yac铆a Chago en la acera cubierto de sangre y seminconsciente. Aun entonces, el palero no paraba de golpearlo ni de insultarlo.

Los transe煤ntes y vecinos contemplaban aterrados el espect谩culo, pero ninguno se atrevi贸 a intervenir. Solo don Mois茅s Franco atin贸 a salir disparado, en pantuflas, a auxiliar al pobre muchacho. Don Mois茅s viv铆a en la vieja casa victoriana ubicada al lado de los Garc铆a Cordero y por esos d铆as y por en茅sima vez cumpl铆a arresto domiciliario por sabr谩 Dios que nueva muestra de 鈥渄esafecci贸n鈥 al gobierno.

Con aspavientos y gritos, como quien espanta un toro de un torero ca铆do, Don Mois茅s logr贸 quitarle el palero de encima a Chago.

As铆, de gratis, recibi贸 Chago la golpiza de su vida. Del trance, sali贸 con una rotura en el tabique nasal que nunca san贸 del todo, por lo que tuvo que respirar por la boca por el resto de su vida.

A pesar de esta consecuencia 鈥 por no hablar de la violaci贸n flagrante de sus derechos 鈥 Chago sali贸 relativamente bien librado, pues es bien sabido que cosas mucho peores pasaron durante ese mes en Santiago y en el vecindario. Y de muchas de ellas, de las que pasaron de d铆a y de las que pasaron de noche, fue testigo muda la esquina del Parque Col贸n donde abimbaron a Chago.

***

La esquina de la Farmacia Miscel谩nea, al oeste de la del parque, tiene lo suyo. Para empezar, desde los a帽os sesenta hasta el sol de hoy, la farmacia ha estado operando sin interrupciones, si bien con transformaciones y adaptaciones a los cambios de los tiempos.

Pero no s贸lo por eso. La acera chanfleada de la esquina de la Miscel谩nea sirvi贸 de punto de reuni贸n para un nutrido grupo de vecinos que mantuvieron, por unos buenos a帽os, una pe帽a crepuscular, espont谩nea y sin sillas. A fuerza de miles de conversaciones amenas y sinceras 鈥 y sin l铆mite de temas ni censura que valiera 鈥 se cimentaron amistades que han sabido perdurar por encima de los accidentes de tiempo y espacio que trae la vida.

Me dicen que todav铆a hoy, m谩s de cuarenta a帽os despu茅s, la pe帽a de la Miscel谩nea sigue, de alguna manera, viva y coleando por esos caminos de Dios.

Y comenz贸 ah铆, en el cruce de Sol con Cuba.

***

Desde su consultorio, ubicado en su casa de la calle Del Sol 34, el Doctor Herrera solo ten铆a que dejar la puerta entreabierta y pod铆a ver lo que pasaba en el cruce de la calle Cuba.

Aquella ma帽ana, como en tantas otras, los muchachos del Liceo M茅jico decidieron no ir a clases. Sentado en su escritorio, el Doctor ve铆a los estudiantes uniformados en peque帽os grupos alrededor de la esquina.

Quiera Dios, pens贸 el Doctor. En los 煤ltimos meses, las movilizaciones estudiantiles contra Balaguer se hab铆an vuelto bastante comunes鈥 y no siempre terminaban pac铆ficamente.

Apart贸 la vista de la calle por un rato y se sumergi贸 en la lectura de una revista m茅dica. Cuando volvi贸 a mirar hacia la calle, vio algo extra帽o que lo puso en guardia.

Hab铆a un veh铆culo detenido en plena intersecci贸n, completamente rodeado por los estudiantes. Deb铆a haber no menos de treinta de ellos. Gritaban una consigna que el Doctor no alcanz贸 a entender. Instintivamente, sali贸 a la galer铆a.

Lo que ten铆a ante sus ojos no le gust贸 nada. El carro, que ahora empezaba a ser zarandeado por los estudiantes al ritmo de la consigna, ten铆a dos ocupantes: un chofer y una se帽ora joven 鈥 que se notaba que era extranjera 鈥 sentada en el asiento trasero.

Fue entonces que finalmente comprendi贸 lo que estaban coreando los estudiantes: 鈥淵an-kee, go-home鈥 El grito era cada vez m谩s fuerte, pues cada vez se sumaban m谩s estudiantes al molote alrededor del carro. Y mientras m谩s fuerte el coro, m谩s sacud铆an el veh铆culo que comenzaba a oscilar peligrosamente.

Sin pensarlo, el Doctor sali贸 corriendo hacia la esquina. 鈥 隆Pero muchachos del carajo, ustedes est谩n locos! 鈥 fue lo menos que voce贸 el Doctor mientras se abr铆a paso entre la muchachada agolpada contra el veh铆culo.

Afortunadamente, a ninguno de los muchachos se le ocurri贸 oponer demasiada resistencia. Entre empujones y uno que otro manotazo, pudo el Doctor rescatar a la se帽ora y al chofer, y llevarlos del brazo, caminando r谩pidamente los cuarenta pasos hasta su casa.

La se帽ora result贸 ser la esposa del c贸nsul norteamericano en Santiago, quien lleg贸 a la sala del Doctor hecha un manojo de nervios. Hubo que sentarla en una mecedora y darle agua con az煤car, pero aparte del susto, la cosa no pas贸 a mayores.

Por suerte, porque no hubiera sido chiquita la que se hubiera armado si alguien no llega a imponer algo de cordura en el cruce de Sol con Cuba, una ma帽ana cualquiera de principios de los setenta.

***

Para Josefina, la esquina Sol con Cuba significaba s贸lo una cosa: la casa blanca de sus abuelos, con su galer铆a alta en forma de L. Los cinco hijos de los abuelos ten铆an la costumbre de visitar la casa a diario, las m谩s de las veces con sus hijos e hijas, lo que hac铆a que siempre hubiera un entra-y-sale de gente.

En efecto, casi todos los d铆as iba Josefina donde sus abuelos a pasar un rato de la tarde. All铆 sol铆a merendar quesillo y dulce de naranja que tra铆an de la finca familiar y, con el tr谩nsito permanente de primos y primas, jugar en la galer铆a 鈥 casi siempre un-don-tr茅-mariposita-茅.

Y si 鈥 cosa rara 鈥 no hab铆a nada que hacer, Josefina disfrutaba sentarse en el patio interior por horas muertas, a hojear la colecci贸n de revistas Life y admirar las fotograf铆as con una mezcla de respeto y curiosidad. O si no, Josefina se asomaba a la galer铆a a ver la vida pasar, como si fuera un escaparate.

A las cinco de la tarde, por ejemplo, despachaban en el Instituto Iberia y un mar de muchachos vestidos de caqui tomaba las calles y el parque. Un poco m谩s tarde, el toque de campana avisaba misa y los feligreses se acercaban perezosamente a la Iglesia.

Y los coches parqueados en la Cuba, hacia la acera del parque, esperando carreras que casi nunca llegaban. Y la gente que saludaba al pasar, y los carros que silbaban al cruzar.

Familia. Amistad. Rutina de la buena. Recuerdos de los buenos. Nada m谩s. Eso era para Josefina la esquina Sol con Cuba.

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