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Siempre juntas

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El cura miraba nerviosamente el cielo gris oscuro que techaba las copas de los √°rboles del Parque Col√≥n, mientras el peque√Īo grupo de feligreses se reun√≠a alrededor de la pila bautismal. Aquel domingo de septiembre de 1967 hab√≠a alerta en todo el pa√≠s por el paso del poderoso hurac√°n Beulah, por lo que el sacerdote hubiera preferido posponer el bautizo y cerrar la iglesia a jacha y machete.

Pero no. La familia había insistido en seguir adelante con la celebración. Que si unos padrinos son de La Capital y tienen que regresar temprano, que si los otros padrinos son gente muy querida en el barrio. El caso es que el cura no encontró la manera de decir que no.

Lo que sí encontró fue la manera de liquidar el bautismo en tres minutos exactos. Los familiares del neófito se quedaron perplejos, inseguros de que la rápida ceremonia cumpliera con lo requerido para librar al recién nacido de la vacuidad del limbo.

Pero era lo que había. La premura del ciclón no permitía otra cosa. Cuando vinieron a ver, ya el cura los había escoltado a la salida y había cerrado las puertas de la iglesia, dejándolos en el zaguán sin saber muy bien qué hacer.

Pocas veces se vio un bautizo más desabrido. Y, sin embargo, para los participantes tendría un significado más que especial.

***

Aquel bautizo instant√°neo en la iglesia de La Altagracia fue la primera celebraci√≥n que reuni√≥ en Santiago a las dos hermanas. La gracia que tuvo fue, precisamente, que marc√≥ el inicio de lo que ser√≠a un pacto t√°cito por los siguientes cuarenta y cinco a√Īos.

La más joven de las dos hermanas era mi mamá, Mery, que recién se había mudado a la ciudad un par de semanas después de haber dado a luz a su tercer vástago

la mayor era mi Tía Fay, quien aceptó de buen grado ser la madrina del chichí

y el pacto inaugurado consistió en compartir alegrías y penas

con amor, y sin condiciones.

***

Para T√≠a Fay, mi mam√° fue siempre su hermanita. Natural que as√≠ fuera, pues entre ellas hab√≠a quince a√Īos de diferencia.

Cuando el terremoto de agosto del ‚Äô46, la familia viv√≠a en San Francisco de Macor√≠s, donde el sismo tuvo categor√≠a de hecatombe. Mi mam√°, que entonces ten√≠a cinco a√Īos, siempre record√≥ c√≥mo T√≠a Fay atin√≥ ‚Äď en medio de la confusi√≥n ‚Äď a sacarla de la casa cargada en peso.

La narraci√≥n que hac√≠a ella de aquel suceso era tan v√≠vida que tengo la sensaci√≥n de que forma parte de mis propios recuerdos: T√≠a Fay en la flor de sus veinte a√Īos, con su hermana peque√Īa aferrada a su cuello, envueltas en la polvareda levantada por los escombros de la iglesia del pueblo, que se derrumb√≥ a la primera sacudida.

Esta imagen, que me ha acompa√Īado desde que escuch√© la historia por primera vez, describe a la perfecci√≥n el v√≠nculo entre ellas, a medio camino entre la complicidad fraternal y la protecci√≥n maternal.

***

Un par de a√Īos despu√©s del terremoto, T√≠a Fay se cas√≥ con T√≠o Jorge y se mud√≥ a Santiago. De inmediato, la casa de altos de la calle 16 de Agosto en la que establecieron su hogar se convirti√≥ en un manantial de cari√Īo que salpicaba a todo el barrio.

Mi mamá quedó en Macorís, mientras Tía Fay construía su nueva familia. Muy pronto, sin embargo, debió Mery empezar a viajar regularmente a Santiago a tomar clases de piano. Esta circunstancia permitió que el lazo entre las hermanas se hiciera, si cabía, más fuerte.

No fue nada casual, entonces, que fuera a instancias de Tío Jorge y Tía Fay que mis padres tomaran, a mediados de los sesenta, la decisión de convertirse en santiagueros por adopción.

Durante las d√©cadas que siguieron, las dos hermanas demostraron que el cari√Īo siempre cabe y nunca sobra. Gesto a gesto ‚Äď desde los deliciosamente rutinarios de la vida diaria a los no menos sabrosos despliegues de las celebraciones de lo extraordinario ‚Äď bordaron un tejido de amor que nos arrop√≥ a todos.

Tenían temperamentos y estilos diferentes pero en cuestiones de afecto armonizaban como un acorde bien tocado, diría mi mamá. O como el carbón y la cuaba, diría Tía Fay.

Porque ‚Äď si bien a cada una en lo suyo hab√≠a que sacarle su comida aparte ‚Äď la diversidad de sus intereses no hac√≠a m√°s que enriquecernos la vida.

Si lo de mi mam√° era la m√ļsica, lo de T√≠a Fay era la mesa. Y si mi mam√° convirti√≥ los coros lit√ļrgicos en su apostolado y en el medio para expresar su fe, T√≠a Fay ‚Äď sin ser especialmente religiosa ‚Äď hizo de su fog√≥n el altar donde cada d√≠a suced√≠an milagros.

Queda claro, eso sí, que la vocación de las dos era la misma. En cada detalle, una ofrenda. Sin fanfarria. Sin facturas. Sin pausa. Sin límites.

***

La casa de altos de la 16 de Agosto fue, desde siempre, el centro de gravedad emocional de mi familia. Todos los eventos, grandes y peque√Īos, se celebraban all√≠.

Recordar√© especialmente las Nochebuenas y las Nocheviejas. Desde el inicio de la prima noche comenzaban a gotear los parientes, hasta llenar cada rinc√≥n de la casa, incluyendo el balc√≥n. Cada a√Īo √©ramos m√°s, pero no importaba. Algarab√≠a y algunos fuegos artificiales para los m√°s chiquitos

para los mayores, el viejo arte de la conversaci√≥n. Y, mientras tanto, T√≠a Fay en la cocina ‚Äď auxiliada por Mar√≠a, su sempiterna asistente ‚Äď produciendo exquisiteces a un ritmo sorprendente.

√Čramos tantos que la cena se hac√≠a por turnos, sin demasiadas solemnidades. Importaba m√°s el gusto de estar juntos.

A medianoche tiraban el ca√Īonazo para anunciar, seg√ļn el caso, el nacimiento del Ni√Īo Jes√ļs o el del a√Īo nuevo. Y ah√≠ mismo comenzaban los abrazos. Y ah√≠ mismo, comenzaba tambi√©n el desfile de vecinos. La mitad de Los Pepines sub√≠a las escaleras a felicitar a T√≠o Jorge y a T√≠a Fay. Siempre me impresionaron, por genuinas, esas muestras de afecto.

Fueron, como se ha dicho, décadas de alegrías bien celebradas. Y en todas estuvimos todos.

***

Desde luego, en esos a√Īos hubo tambi√©n sus penas. El pacto de amor entre las dos hermanas las inclu√≠a.

Juntas debieron afrontar varias despedidas. A principios de los ochenta, les tocó despedir a su hermano Amorís. En los noventa, partió la abuela Olga. También en el dolor, mi mamá y Tía Fay supieron apoyarse mutuamente.

Ante las p√©rdidas que vendr√≠an en los a√Īos sucesivos, ese apoyo probar√≠a ser m√°s que necesario.

Al filo del cambio de siglo, le llegó a Tío Jorge el turno del adiós. Tía Fay acusó el golpe de perder al amor de su vida y me consta que su sufrimiento mi mamá lo sintió como propio.

Y unos cuantos a√Īos despu√©s, T√≠a Fay recibi√≥ un golpe a√ļn mayor, cuando debi√≥ enfrentar la enfermedad y la muerte de su hija mayor. A√ļn a sabiendas de que no existe consuelo para un dolor tan indecible, mi mam√° estuvo, como siempre, a su lado.

***

Hasta que llegó el momento de sus propias despedidas. Incluso para eso, parecieron ponerse de acuerdo.

Una madrugada de noviembre del a√Īo pasado, luego de una larga agon√≠a, el coraz√≥n musical de mi mam√° dej√≥ de marcar el comp√°s, dej√°ndonos a todos un vac√≠o inenarrable. Y dejando a T√≠a Fay con la dif√≠cil misi√≥n de asistir al funeral de su hermanita querida, la misma que carg√≥ en sus brazos cuando la tierra tembl√≥ y nadie sab√≠a d√≥nde refugiarse.

Otra madrugada de otro noviembre ‚Äď el de este mismo a√Īo 2013 ‚Äď y luego de una agon√≠a a√ļn m√°s larga, el coraz√≥n enorme de T√≠a Fay finalmente se apag√≥. Solo despu√©s de habernos dado todo, de habernos entregado todo lo que pod√≠a entregar, T√≠a Fay descans√≥.

Menos de un a√Īo estuvieron separadas las dos hermanas. Ahora s√≠, est√°n juntas para siempre.

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