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Segunda oportunidad

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Dicen que la vida nunca da segundas oportunidades. No es cierto. Las segundas oportunidades son, en realidad, más frecuentes de lo que uno se imagina. Lo que sucede es que casi siempre pasan de largo. Llegan sin aviso y se van sin que nadie las note.

***

La enfermedad del padre los tomó – a todos y a todas – completamente por sorpresa. Con razón, pues el padre rara vez se enfermaba, más allá de resfríos ordinarios y estacionales. A fuerza de verlo, por décadas, cumplir su rutina escrupulosa con rabiosa puntualidad, los hijos y la madre llegaron a aceptar la presencia del padre como una verdad autoevidente en sus vidas.

Los eventos que marcan los años en las familias se entretejieron como los eslabones de una cadena, cada uno acompañado de su ritual particular. Graduaciones, hijos que van dejando el nido uno por uno, bodas, aniversarios, nietos y nietas que llegan para agrandar el futuro y perpetuar, sin saberlo, el pasado.

Y durante todo ese tiempo, ahí estuvo el padre. Presente y puntual. A su manera, pero siempre allí. Sin alharacas ni presunciones, invariablemente en el mismo lugar. Predecible como un faro que, girando su luz, orienta a los marineros y los invita a entrar a puerto. Inmóvil como el novio que – llueva, truene o ventee – permanece en el lugar de la cita esperando a la enamorada, para evitar a cualquier precio un desencuentro.

Pero se sabe que la asiduidad y la salud, cuando perduran, suelen despistar. Así les pasó a los hijos de este padre, quienes estaban convencidos – sin decirlo ni saberlo – de que él estaría sentado en su mecedora a perennidad.

Qué equivocados estaban, pues la vida es frágil. Aún cuando no lo parece.

***

Se ha dicho que la enfermedad del padre les cayó de sorpresa a los hijos. No es cierto. Les cayó como una bomba.

Con asombro, primero, y con alarma después, vieron cómo la salud del papá se esfumaba y cómo fue convirtiéndose en una versión diferente de sí mismo. La robustez se trocó en lasitud

el vigor en decaimiento. Su voz – antes enérgica y estentórea – se tornó en un susurro apenas inteligible. Su postura – antes erguida e imponente – se volvió encorvada y apocada.

Y, tan repentinamente como se deslizó el padre hacia la postración, despertaron los hijos de su ilusión hacia una confusión desconocida. Y la confusión trajo al miedo. Y el miedo trajo al caos.

El desconcierto fue grande. No era para menos, pues los hijos entraron bruscamente a un territorio ignoto. Del extravío de pensar que la ausencia del padre era impensable, se vieron confrontados con la verdad natural de su mortalidad. Y asumiendo la mortalidad del padre, debieron asumir la propia.

A pesar de los cuidados, el padre se desdibujaba aceleradamente. En cuestión de pocos días – pocas horas – llegó el padre al umbral de la muerte.

Así llegó la noche. Y si grande fue la ofuscación

larga y oscura – como pocas – fue la noche.

Durante la oscuridad y el silencio se decidiría el destino del padre. Sería alguien de lo Alto quien lo haría. Esa vez, la fe de la madre no serviría de mucho consuelo para los hijos. Cada uno de ellos tendría que lidiar con los demonios de la impotencia para tratar de aceptar lo que dispusiera la providencia.

Las horas se cumplieron sin novedades, bajo el manto de una quietud engañosa que no lograba ocultar el desasosiego de los hijos. No podían hacer más que esperar. Y pensar.

Y vaya si pensaron.

Pensaron y descubrieron. Por ejemplo, que la salud y la presencia del ser querido son dones que nunca deben darse por sentados. Que cada uno de ellos era – en más de una manera y mucho más para bien que para mal – un reflejo de lo que era el padre. Que llevaban la impronta del padre mucho más allá de los rasgos físicos.

En pocas palabras, durante la noche los hijos se descubrieron en el padre. Se descubrieron en sus gestos, en sus posturas, en sus gustos y en sus virtudes. Y hasta en sus defectos.

Descubrieron más. Descubrieron que hacerse adulto envuelve mucho más que escapar de la sombra del padre. Que de esa sombra no hay escapatoria posible. Que esa sombra – que a más de uno de los hijos le pareció sofocante en su momento – parecía ahora más esencial que nunca. Que el árbol no es la sombra, pero no hay sombra sin árbol.

Todo eso descubrieron. Y desearon con todas sus fuerzas que su papá se quedara.

La noche, como algunas veces sucede, fue fecunda.

***

Tal vez fueron las oraciones. O quizá la diligencia de los médicos. No lo supieron. Lo que sí supieron es que la alborada llegó parida.

El padre emergió de la noche – golpeado pero no vencido – y así amaneció la segunda oportunidad.

Lentamente, el padre fue recuperando sus fuerzas. Y, lentamente, los hijos volvieron a reconocer su voz y su semblante. Pronto, tal vez ayudados por la luz del día, los hijos vieron con claridad que habían recibido un gran regalo.

Al parecer, aún tendrían los hijos ocasión para muchas cosas. Para decir, por ejemplo, lo que nunca habían dicho. Y para repetir lo que habían dicho alguna vez. Para saborear el fresco de la sombra, esta vez con la plena conciencia de estar disfrutando un privilegio. Y para festejar la vida y agradecer el comienzo y el final de cada día.

La oportunidad no pasaría de largo. Los hijos se encargarían de aprovecharla al máximo.

Un domingo de verano, la familia se reunió a celebrar el retorno de la presencia del padre. A la cita acudieron todos los hijos. Incluso el que no pudo asistir – precisamente por tener que cumplir con sus deberes de padre – encontró la manera de estar presente.

Celebraron así el regalo de haber recibido la segunda oportunidad y de haberla visto llegar para poder atraparla. Doble prodigio donde los hay.

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