Risa y fe

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Por en√©sima vez, Juan se acerc√≥ a la mecedora en la que Mart√≠n estaba sentado y, con aire ceremonioso, le entreg√≥ el bolet√≠n de notas. ‚Äď No me digas nada. S√© muy bien lo que tengo que hacer ‚Äď dijo con toda seriedad. Dicho esto, mir√≥ hacia la derecha, donde estaba yo sentado, contemplando la escena como si estuviera en una butaca de un teatro y no en otra mecedora del estar de mi casa.

Y, en cierta forma, as√≠ era. Porque lo que hac√≠an Juan y Mart√≠n era un ensayo para una obligada rendici√≥n de cuentas que deb√≠a tener lugar la noche de ese d√≠a. Mart√≠n hac√≠a el papel de mi padre ‚Äď gesto adusto, sentado en su mecedora de siempre, frente al televisor ‚Äď mientras que Juan se representaba a s√≠ mismo. Yo fung√≠a como espectador y regidor de escena, por lo que cada vez que Juan repet√≠a su parlamento me miraba buscando sugerencias para hacer m√°s convincente su actuaci√≥n.

La raz√≥n para tanto ensayo era que el interior del bolet√≠n de notas mensuales que Juan deb√≠a entregar tra√≠a un n√ļmero que resaltaba como una pitahaya madura sobre un campo de violetas. Al parecer, ese mes Juan se hab√≠a pasado de contento en las clases de trigonometr√≠a y las consecuencias hab√≠an llegado a lo impensable: una nota roja.

Tan inédito era este evento en la vida familiar que sus repercusiones potenciales eran desconocidas. Conociendo a nuestro padre, buenas no debían ser, pues su estándar era simple y claro: su trabajo era proveer y orientar, el nuestro estudiar y crecer. Y, siempre que fuera posible, nada de buscarle-problemas-a-uno, como solía decir.

En esta ocasi√≥n, ninguno de los hermanos ‚Äď estudiantes de bachillerato los tres ‚Äď ten√≠amos duda de que esa nota roja en el bolet√≠n de Juan ca√≠a en esa categor√≠a. Ante tal contingencia, Mart√≠n y yo hab√≠amos arrimado el hombro para, por lo menos, acompa√Īar a Juan. Hoy por ti, ma√Īana por m√≠, parec√≠a ser el lema, pues nunca se sab√≠a cu√°ndo cualquiera de nosotros pasar√≠a por un trance similar.

Mientras tanto, aquella tarde Juan segu√≠a ensayando una y otra vez, buscando la expresi√≥n y el tono apropiados. Ya hab√≠a empollado el bolet√≠n por un par de d√≠as, y sab√≠a que esa noche ‚Äď s√≠ o s√≠ ‚Äď tendr√≠a que entregarlo.

***

Desde muy temprano en su vida, Juan hizo del buen humor su ley de vida. Siendo chiquitico pareció descubrir el mecanismo de la risa, y fue evidente desde entonces que lo activaría ante, virtualmente, cualquier situación.

Cuando fue creciendo, este rasgo no hizo m√°s que acentuarse. Tal vez por eso, a quien lo conoci√≥ superficialmente pudo parecerle un tanto fr√≠volo, y hasta un poco charlat√°n. Yo, que lo he tenido cerca toda la vida y que he caminado detr√°s de sus pasos ‚Äď Juan es el segundo de la camada y yo el tercero ‚Äď s√© bien que no es as√≠, aunque s√© tambi√©n que a √©l le importa poco lo que pensemos los dem√°s.

Está claro que el tema, para él, no es no tomarse la vida en serio. El tema es no tomársela demasiado en serio.

***

Los ensayos surtieron el efecto contrario. Poco importaba el cerebro que le hab√≠amos dado entre todos para encontrar la mejor manera ‚Äď m√°s bien, la manera menos mala ‚Äď de abordar a mi pap√° con una mala calificaci√≥n. Tampoco importaba que la frase que deb√≠a decir Juan estaba dise√Īada para evitar un boche: no me digas nada, s√© muy bien lo que tengo que hacer.

El caso era que mientras más la repetía, más se atribulaba. Si había alguna lección en el tropiezo académico, seguramente para ese momento ya la había aprendido.

El tiempo no se detenía y la hora de la cena se acercaba. Después de la cena, tocaba el momento de la verdad. Y Juan no las tenía todas consigo.

***

Con los a√Īos, Juan ha ido perfeccionando su habilidad para aligerarse la vida. Ahora que llegamos a la mediana edad, me atrevo a concluir que ha llegado a convertir esa pericia en un arte, y no precisamente menor.

Yo no tengo idea de cómo es que lo hace, pero si intentas pelear con él, invariablemente te desarma a fuerza de risa y acabas olvidando el enojo que puedas tener. No falla. Comienzas peleando y terminas riéndote.

Es una especie de yudoca emocional, que usa la fuerza del otro para vencerlo, o ‚Äď mejor dicho ‚Äď para que se deje vencer por la importante y desparpajada verdad de que la vida es muy corta para complic√°rsela m√°s de la cuenta. Un verdadero alquimista, el tipo.

Y si bien no lo parece, en manos de Juan, la risa es un instrumento muy serio. Y muy √ļtil. Le sirve, entre otras cosas, para disimular su timidez natural de manera tan efectiva que nadie dir√≠a que la tiene. Y, atento a risa, Juan se ha hecho un experto en sacar lo mejor de las personas, incluy√©ndose a s√≠ mismo.

En muchas ocasiones, he podido ser testigo de la enorme influencia que ejerce Juan en quienes le rodean. Se me antoja que la clave puede ser que, conectando con la gente a través de la risa y del buen humor, conecta con la alegría más básica, preciada y auténtica de cada quien.

Enchufe m√°s poderoso que ese no puede haber.

***

Despu√©s de la cena, mi padre hizo lo acostumbrado. Se sent√≥ en su mecedora, solt√≥ un largo suspiro, cruz√≥ las piernas, se encaj√≥ sus espejuelos y se dispuso a leer un rato. Sin perder tiempo ‚Äď quiz√°s para no darse tiempo a arrepentirse ‚Äď Juan se par√≥ frente a la mecedora con los pies bien afincados en el suelo y con el bolet√≠n en la mano. Mart√≠n y yo observ√°bamos desde una distancia prudente. Mi pap√° repar√≥ en la presencia de Juan y alz√≥ la mirada por encima de los espejuelos sin levantar la cabeza y sin cambiar de expresi√≥n.

Juan se lanz√≥ al vac√≠o. Alarg√≥ la mano con el bolet√≠n e intent√≥ comenzar a hablar. ‚Äď No me dig‚Ķ – un asomo de risa nerviosa lo interrumpi√≥. Mi pap√° lo miraba, impasible. Juan respir√≥ hondo y volvi√≥ a la carga. ‚Äď No me digas najjj ‚Äď esta vez no pudo evitar que una carcajada silenciosa le sacudiera el pecho. Mi pap√° segu√≠a mirando a Juan por encima del puente de sus espejuelos, pero empez√≥ a sonre√≠r como por reflejo, como quien copia un bostezo.

Juan hizo un tercer intento. Esta vez, si cabe, tuvo menos √©xito. Comenz√≥ a decir la frase que hab√≠a memorizado, s√≥lo para que lo dominara una risa sil√°bica y r√≠tmica. Para cuando lleg√≥ a s√©-bien-lo-que-tengo-que-hacer, ya se hab√≠a rendido a la risa. Mi pap√° ‚Äď que a√ļn no hab√≠a abierto el bolet√≠n ‚Äď re√≠a en silencio, por contagio y sin saber por qu√©.

Finalmente, y sin dejar de re√≠r, mi pap√° abri√≥ el bolet√≠n. La comprensi√≥n del motivo de la ceremonia ‚Äď el n√ļmero rojo ‚Äď le lleg√≥ como un rel√°mpago. Pero en vez de enseriarse, fue al rev√©s. Porque ah√≠ fue que ri√≥ de buena gana. Solt√≥ el libro, se quit√≥ los espejuelos y se palme√≥ el muslo al comp√°s de sus carcajadas.

Entre divertido y perplejo, Juan nos miró a Martín y a mí. Sólo nos quedó unirnos a las risas.

¬ŅC√≥mo parar de re√≠r cuando ya se ha empezado? ¬ŅC√≥mo dar un boche cuando uno se est√° riendo? Imposibles las dos cosas. Como es de suponer, el pleito termin√≥ antes de comenzar.

***

Episodios como ese han sido frecuentes en la vida de Juan. Práctica y decisión se han combinado para ir perfeccionando el uso de la risa como una herramienta para vivir mejor.

Y que nadie se confunda, que lo risue√Īo no quita lo prudente. Juan es responsable y confiable como el que m√°s, s√≥lo que si√©ndolo r√≠e y disfruta como el que m√°s.

Siendo ya un adulto ‚Äď y para alivio de mi madre ‚Äď Juan se reencontr√≥ con la fe. Lejos de cuestionar su apuesta por la risa, este acercamiento a lo divino no hizo m√°s que otorgarle un sentido a√ļn m√°s trascendente a su vocaci√≥n de vivir riendo y haciendo re√≠r.

Reír para vivir. Vivir para reír. Si lo piensas, no hay mucha diferencia. Tampoco es que importe. Si le preguntas a Juan si la risa es un medio o un fin, seguramente soltará una sonora carcajada y te preguntará si no tienes nada mejor que hacer que perder el tiempo con preguntas como esa. Ríe, y punto, diría.

Y riendo es mucho lo que nos ha ense√Īado. M√°s de lo que se imagina. Que no hay nada m√°s serio que re√≠rse de uno mismo, por ejemplo. Y que, si moment√°neamente has perdido la perspectiva, no hay nada como una buena risotada para recuperarla.

Admito que he tratado de imitarlo. Me gusta pensar que en mis mejores días logro parecerme a él. Y en los peores, trato de no olvidar su filosofía. En caso de duda, ríe.

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