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Que no se muera Rebeca

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Por dentro, la careta ol铆a a cart贸n y a pegamento. No era el mejor olor del mundo, pero era menos desagradable que el penetrante hedor de la vejiga de vaca mezclado con barniz. El peque帽o se mir贸 al espejo y no pudo acallar una risita de satisfacci贸n, que hizo eco dentro de la careta.

Y es que le encantaba su reflejo, aunque no pudiera verse la cara. Ah铆 estaba Juancito, disfrazado de lech贸n pepinero de pies a cabeza. Traje, capa, careta y vejiga. No se les hab铆a escapado un solo detalle a su mam谩 y a su pap谩, santiagueros por adopci贸n, quienes se hab铆an empe帽ado en disfrazar a sus tres hijos en el carnaval de aquel a帽o.

Tal vez el empe帽o les ven铆a a los padres como una reafirmaci贸n de la apuesta por Santiago que hab铆an hecho poco despu茅s de la Revoluci贸n de Abril. Hab铆an llegado de la Capital con dos ni帽os peque帽os y otro reci茅n nacido, en busca de espacio y tranquilidad para sacar adelante su familia. El espacio lo encontraron en una casa fresca y de techos altos en la Calle del Sol entre Cuba y S谩nchez

y la tranquilidad se la regalaron los brazos abiertos de una vecindad que los acogi贸 como si hubieran vivido all铆 toda la vida.

El pap谩 se ocup贸 de ubicar las caretas multicolores y de ir al matadero a buscar las vejigas. La mam谩 mand贸 a hacer los trajes enterizos de sat铆n cubiertos de cascabeles y cintas, con todo y morcillas para enrollarse en la cintura y capas salpicadas con espejitos redondos. El de Juancito 鈥 de siete a帽os bien rendidos 鈥 era verde azulado. El de su hermano mayor, de nueve, era azul claro y el de su hermanito 鈥 un tirig眉illo de cinco a帽os 鈥 era rojo.

Juancito sali贸 a la galer铆a con su careta puesta y su vejiga en la mano. Ah铆 se reuni贸 toda la familia. El pap谩 tom贸 algunas fotos de recuerdo, mientras la mam谩 daba palmas y hac铆a danzar a los tres lechones al ritmo de 鈥渓ech贸n-cuaja鈥檕-amarillo-y-colora鈥檕鈥.

Estaban listos para irse al parque Col贸n, punto de encuentro de los lechones de Los Pepines. All铆 se unir铆an a un grupo de ellos para patrullar algunas calles del Centro. Antes de salir, Juancito y su hermano mayor recibieron unas 煤ltimas instrucciones de sus pap谩s. Anden siempre juntos. No pierdan de vista a su hermanito. Aunque est茅n disfrazados, comp贸rtense como gente decente.

Cuando termin贸 el serm贸n, el tr铆o de cr铆os se lanz贸 por la acera en direcci贸n al parque, a sacarle el jugo al domingo de carnaval.

***

Juancito era un ni帽o de sangre liviana. Ten铆a la risa r谩pida y contagiosa, y un sentido del humor a prueba de boches. Activo e inventador, improvisaba las bromas como si se las sacara del bolsillo. Le encantaban los deportes y los juegos f铆sicos, y quiz谩 por eso no parec铆a extra帽o suponer que s贸lo dejara de sudar mientras se estaba ba帽ando.

Adem谩s de todos estos atributos 鈥 que lograban que sus padres no se aburrieran 鈥 Juancito era observador y sensible. Se hac铆a preguntas dif铆ciles acerca de su entorno y se inquietaba ante la ausencia de respuestas convincentes. Por ejemplo, cada vez que alg煤n mendigo se acercaba a la puerta de la casa, Juancito acribillaba a sus padres con una retah铆la de preguntas. 驴Por qu茅 ese se帽or no tiene comida?, cuestionaba. 驴Y por qu茅 esa do帽a no tiene casa?, insist铆a.

Por m谩s malabares que hicieran los padres para responderle a Juancito, las m谩s de las veces sus explicaciones no satisfac铆an al peque帽o. Estas cuestiones lo dejaban confundido, pero Juancito siempre supo qu茅 hacer. 鈥 Dale de lo m铆o, Mami 鈥 le ped铆a a su mam谩 cada vez que surg铆a la ocasi贸n.

***

Cuando Juancito y sus hermanos llegaron al parque, ya hab铆a un hervidero de macara鈥檕s. Juancito se maravill贸 ante el caleidoscopio de color y movimiento que ten铆a ante sus ojos. Sin alejarse de sus hermanos, Juancito 鈥 como siempre 鈥 hizo un esfuerzo por absorberlo y comprenderlo todo.

Lechones hab铆a varias decenas. Muchos de ellos probaban sus fuetes para el enfrentamiento simulado que tendr铆a lugar m谩s tarde. Todos los colores imaginables estaban en los trajes, las morcillas y las caretas de chifles largos y lisos.

Y aparte de los lechones, hab铆a un fracat谩n de disfraces diferentes. Y todos 鈥 salvo los tizna鈥檕s 鈥 parec铆an tener un preg贸n. Un hombre gordo vestido de mujer exageraba con globos su ya gigantesco trasero y bailoteaba al frente de un grupo de gente sosteniendo un paraguas deshilachado. Unos gritaban 鈥溌oba la gallina!鈥, y los otros respond铆an 鈥溌alo con ella!鈥.

Juancito no tuvo tiempo, al menos en ese momento, de preguntarse a qui茅n era que le quer铆an caer a palos, pues hab铆a demasiado para asimilar. Un grupo de j贸venes enlodados de pies a cabeza repet铆an r铆tmicamente una frase: 鈥淒ame un chele pa鈥 jab贸n鈥, crey贸 escuchar Juancito.

Otro grupo con disfraces improvisados abordaba a los transe煤ntes con una copla lisonjera: 鈥溌l mejor se帽or!鈥, dec铆a el l铆der del grupo

y los otros contestaban: 鈥溌elo aqu铆!鈥. No tuvo que pensarlo demasiado Juancito para concluir que la adulaci贸n no era gratuita. Juancito segu铆a comi茅ndose con los ojos lo que le pasaba por el frente.

Un hombre vestido de viejo se hac铆a pasar por ciego y se dejaba guiar por un lazarillo. 鈥溌ap谩!鈥, dec铆a el gu铆a

鈥溌i鈥檍o!鈥, respond铆a el falso ciego. Un domador somet铆a a la obediencia a lo que parec铆a ser un oso juguet贸n. Otro hombre vestido de mujer se desga帽itaba mientras cargaba una mu帽eca: 鈥溌e me muere Rebeca! 隆Ay, se me muere Rebeca!鈥, lloraba en tono tan desgarrador que a Juancito se le enfri贸 el coraz贸n debajo de su traje de sat铆n.

Juancito vigilaba a su hermanito y observaba. Todos los disfrazados parec铆an necesitar algo. Hasta los tizna鈥檕s, que no dudaban en amedrentar a los curiosos para exprimirles algunas monedas, y los tigueritos con cayayos, que aprovechaban cualquier descuido para arrancarle a los trajes de los lechones alg煤n cascabel o alg煤n espejito. Juancito not贸 con extra帽eza que, debajo del bullicio, hab铆a un dejo de melancol铆a. No alcanz贸 a comprenderlo, pero no qued贸 indiferente a las miserias sacadas a pasear en aquel domingo de carnaval. 脡l mismo, mezclada con la excitaci贸n, sent铆a una rara desaz贸n.

Entre el parque y caerle atr谩s a un grupo de lechones que recorri贸 las calles de Los Pepines transcurri贸 el d铆a. Fue mucho lo que vieron Juancito y sus hermanos, y si la idea era sacarle el jugo al d铆a, vaya si lo lograron. El colmo les lleg贸 cuando se cruzaron con una aparici贸n espectral montada sobre un veh铆culo. Era la temida Muerte en Yipe. Apenas tuvo tiempo Juancito de taparle los ojos a su hermanito por encima de la careta, pues sab铆a que esas cosas lo impresionaban y le quitaban el sue帽o.

As铆 aprendi贸 Juancito que, en efecto, en la vida carnavalesca cabe de todo. Hasta lo macabro.

***

Al atardecer, exhaustos y hediondos a chinchil铆n, los tres hermanos regresaron a la casa. Durante el ba帽o y la cena hablaron como gallaretas, atropell谩ndose entre ellos para contarles a sus padres todo lo que hab铆an visto.

Ya en la cama, la madre los apacigu贸 con un di谩logo sereno. 驴Qu茅 fue lo que m谩s les gust贸? 驴Qu茅 no les gust贸 tanto? Las respuestas de los peque帽os se fueron espaciando. Era el momento de la oraci贸n. Una breve acci贸n de gracias por el maravilloso d铆a de carnaval. Am茅n. Una petici贸n de cada uno de los hermanos. Juancito estaba medio dormido cuando le lleg贸 su turno. 鈥 驴Qu茅 quieres pedir, mi amor? 鈥 pregunt贸 la mam谩. Juancito pareci贸 escoger entre muchos deseos antes de hablar. Lo hizo con la voz sincera de quien ya est谩 so帽ando. 鈥 Quiero pedir que no se muera Rebeca, Mami 鈥 dijo. 鈥 Am茅n, mi amor, am茅n 鈥 susurr贸 la madre, bendiciendo su sue帽o.

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