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Postales navideñas

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Sentado en el asiento trasero del carro, con los piecitos al aire, Diego estiraba el cuello para mirar la calle pasar.

Con una mano sostenía sobre su regazo la caja con su juguete nuevo, y con la otra agarraba su fundita de dulces.

En el asiento del conductor, su mamá lidiaba con el tránsito de diciembre, y monitoreaba al pequeño por el retrovisor.

– Diego, mi amor, ¿quieres que te ponga de nuevo la música de la velada? – preguntó. Diego respondió con un sí lejano, que indicaba que ya se había ensimismado con el movimiento de la calle. Menos mal, pensó la madre, y encendió el radio. Así no se desesperaría con la espera del tapón.

Mientras continuaban avanzando a paso de tortuga por la avenida, la mamá de Diego repasó en su mente la velada colegial de la que acababan de salir. Había quedado preciosa. Los chiquillos del preescolar habían preparado una corta obra de teatro alegórica al sentido de la Navidad. Después habían cantado a coro un par de canciones y habían terminado con una fiestecita, incluyendo regalos sencillos y golosinas para todos los niños.

Lo que más le había gustado, decidió la mamá de Diego, era el mensaje de la obra, invitando a la solidaridad con los demás, especialmente hacia los más débiles. Muy lindo, se dijo. Se preguntó, eso sí, si la enseñanza no sería demasiado compleja para niños tan pequeños.

En esas estaba, cuando la vocecita de Diego la sacó de la ensoñación. – Mami, párate aquí – dijo, apremiante, el niño. – ¿Qué pasa, mi amor? – respondió preguntando la mamá, con un punto de preocupación. – ¿Necesitas hacer pipí? – dijo. Por el retrovisor vio que Diego había soltado la fundita y la caja y se asomaba a la ventana del carro.

– No, Mami – dijo Diego, con sus ojos muy abiertos, señalando a un anciano harapiento que caminaba dolorosamente por la acera, cargando un mugriento saco sobre el hombro. – Es que ese abuelito va muy cargado, déjame ayudarlo. Párate, párate – dijo Diego, muy serio.

La madre no supo qué decir. Ahí estaba su respuesta. Continuó guiando el carro, sin palabras y sin dudas acerca de lo que había germinado en el alma de su hijo.

***

El mundo le entraba a Samuel por sus dos ojazos negros, que estaban conectados directamente con su corazón. Y su corazón, como suele suceder con los niños pequeños, estaba conectado directamente con su boca.

Desde la cotidianidad de la rutina familiar hasta lo extraordinario de paseos y eventos especiales, los ojos de Samuel, como aspiradoras, absorbían todo. Y el corazón de Samuel se ocupaba de interpretarlo.

Una noche de diciembre, a la hora de dormir, la mamá de Samuel se sentó en la camita del niño. – ¿Qué quieres pedirle al Niño Jesús, mi amor? – preguntó la mamá, acariciándole el pelo.

Samuel respondió, como siempre, desde su corazón, que había visto lo que habían visto – todos los días – sus ojos. – Quiero pedirle muuuuchas cosas al Niño Jesús, Mami – dijo, con mucho énfasis. Y añadió: – Y que todas sean para ti, Mami –.

***

La mañana de Navidad, Ana se acercó al arbolito y confirmó con alegría que Santa Claus sí había pasado la noche anterior. De entrada, eso no la sorprendió. El asombro comenzó a sumarlo cuando abrió el primer regalo de los que tenían su nombre.

– ¡Wao! – exclamó. – ¡Mira, Mami! ¡El velocípedo rosado que quería! – dijo entusiasmada. – ¡Waaaooo! – repitió, aún más asombrada. – ¡El juego de colores, igualito al que quería! –.

Cuando terminó de abrir sus regalos, Ana se sentó en un sillón de la sala, tapándose la boca abierta con una de sus manitas. – ¿Te gustaron tus regalos, mi amor? – dijo el papá, preguntando lo obvio. Ana le respondió con los ojos llenos de maravillas. – ¡Santa sí sabe, Papi! Me trajo exactamente lo que le pedí. ¡Santa sí sabe! –.

***

Leopoldito era un investigador nato. No se conformaba con las explicaciones a medias de los adultos. Siempre tenía que llegar al fondo de cuanta cuestión llamaba su atención. Más de una vez, el muchachito se metió en líos por llevar sus pesquisas demasiado lejos.

En el historial investigativo de Leopoldito había desde radios desarmados – para asegurarse de que adentro no había gente chiquitica hablando y cantando – hasta montañas de huevos rotos – para demostrar que la gallina siempre iba primero.

Precisamente por todos esos antecedentes, la víspera de Reyes, la mamá de Leopoldito se aseguró de que estuviera profundamente dormido antes de poner en movimiento la furtiva logística que es propia de noches como aquella.

No contaba la mamá de Leopoldito con que el niño había pasado semanas entrenándose – como un ninja – para despertarse a mitad de la noche. A la hora justa, Leopoldito estaba listo para recabar pruebas concretas y de primera mano de la existencia de los Reyes Magos.

Así, en el momento exacto en que alguien entraba en la oscura sala de la casa empujando una bicicleta, Leopoldito brincó desde detrás de una puerta y abrazó unas caderas anchas y redondas.

El grito triunfal de Leopoldito se escuchó en todo el vecindario. – ¡Un rey mago! ¡Un rey mago! ¡Mami, juuuye! ¡Agarré un rey mago! – .

***

– Gaby, ¿a qué huele la Navidad? – quiso preguntar Martín, sólo por el gusto de ponerle conversación a su hija pequeña. A la chiquilla, la pregunta le pareció lo más natural del mundo. – A chocolate y a comida buena – dijo Gaby sin titubear, como si la respuesta fuera conocida hasta por los chinos de Bonao.

– Anjá – repuso Martín, enarcando las cejas. Le encantaba carear a la muchachita. – Vamos a ver, Gaby, ¿y a qué sabe la Navidad? – preguntó, muy serio, Martín. Ahora sí, la niña lo pensó un momento, mordiéndose el labio inferior con sus dientecitos de leche. Cuando tuvo la respuesta, dio un respingo y se volvió hacia donde estaba sentado su papá: – ¡A quipes de Tía Fay! – exclamó Gaby.

Martín asintió lentamente. – Oh, ya veo – dijo. Se llevó la mano a la barbilla, frunció el ceño y disparó la siguiente pregunta. – ¿Y cuál es el sonido de la Navidad? – inquirió. Gaby ya estaba metida de lleno en el interrogatorio. – ¡Adió, Papi! ¡Eso es lo más fácil! – respondió Gaby, sonriendo y moviendo las manos. – ¡Abuela Mery ensayando villancicos! –.

– ¿Y la imagen de la Navidad? – apretó Martín de inmediato. – ¡El nacimiento viviente de la parroquia! – ripostó la niña. Martín hizo una pausa para acentuar el momento, sabedor de que la carajita esperaba la siguiente pregunta. –Ahora la pregunta más difícil – anunció Martín. Gaby lo miró desafiante.

– ¿Y en la piel, cómo se siente la Navidad? – preguntó, con aire teatral. La respuesta de Gaby lo desarmó. La niña se abalanzó hacia su papá y se estrechó contra él. – Así se siente la Navidad, Papi. Como un abrazo apretao – dijo quedamente Gaby.

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