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Piropo al ocio estival

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El ocio tiene mala prensa. Especialmente en estos tiempos, en los que la omnipresencia de la tecnolog铆a nos hechiza y nos seduce con una enga帽osa sensaci贸n de conexi贸n permanente.

A todos nos domina el prurito de estar todo el tiempo activados. Ni los ni帽os se escapan a esa urgencia. Les hemos transmitido que estar sin hacer nada es pecado mortal, y tener tiempo para aburrirse 鈥 a煤n durante las vacaciones de verano 鈥 es un sacrilegio.

Miro hacia atr谩s, hacia otros tiempos, y me queda claro. No siempre fue as铆.

***

Sentados en el cont茅n, los cuatro amigos se romp铆an la cabeza, buscando qu茅 m谩s inventar. Ya hab铆an sudado jugando b谩squet en la improvisada canchita callejera, y se hab铆an cansado de jugar pelota con la mano entre las tres bases pintadas en el asfalto.

Y no eran ni las once de la ma帽ana.

Decidieron inventarse un juego. El que escupa m谩s lejos. En un santiam茅n crearon las reglas. Con una piedra como tiza dibujaron las tres rayas que limitaban el campo de juego. Escup铆dromo llamaron al trazado.

Se pod铆a coger impulso, pero no se pod铆a pasar los pies de la raya de salida. Adem谩s, el escupitajo deb铆a caer entre las dos rayas marcadas a tal efecto. Se hac铆an dos rondas. Los dos que escupieran m谩s lejos pasaban a la segunda ronda, a un mini playoff.

As铆 estuvieron hasta las once y media. 驴Y ahora?

Otra lluvia de ideas en el cont茅n. 驴Marotear los mangos de Do帽a Yolanda? No, el perro estaba suelto en el patio. 驴Ir al Monumento a sentir la brisa y a corretear entre los arcos y las escalinatas de m谩rmol? No daba tiempo antes de la hora de comida. 驴Jugar a la plaquita? Okey.

A duras penas llegaron al mediod铆a. Los cuatro amigos se despidieron y cada uno se fue 鈥 corriendo, desde luego 鈥 a su casa a almorzar. Se citaron para la una y media de la tarde, en el mismo pedazo de cont茅n. Ah铆 decidir铆an juntos c贸mo llenar la tarde y la noche.

***

Cuando de inventos se trata, se sabe d贸nde se comienza, pero no d贸nde se termina. Eso lo aprendi贸 de mala manera Miguel, el muchacho m谩s inventador del barrio.

Una ma帽ana cualquiera, se tropez贸 con un mont贸n de pedazos de yeso en una construcci贸n cercana. Sin saber muy bien para qu茅 鈥 algo inventar铆a 鈥 llen贸 un saco con los trozos de yeso y se apareci贸 con 茅l a la esquina donde se juntaban todos los muchachos del vecindario.

Miguel reparti贸 los trozos entre sus amigos. De inmediato, un par de ellos comenzaron a jugar cerito y cruz sobre el asfalto. Otros los imitaron. Cuando vinieron a ver, ten铆an las calles alrededor de la esquina llenas de parrillas de cerito y cruz. Y todav铆a quedaba m谩s de la mitad del saco.

Ni cortos ni perezosos se fueron a otro pedazo de calle. Cuando se cansaron de jugar, empezaron a dibujar. No pas贸 mucho tiempo antes de que uno de ellos comenzara a hacer dibujos obscenos y a escribir frases procaces a tama帽o monumental sobre la tarbia. Esta vez, todos 鈥 incluyendo, desde luego, a Miguel 鈥 se aplicaron a la tarea de embadurnar el gris e improvisado lienzo con toda clase de ocurrencias picantes.

Cuando finalmente se terminaron el saco, la calle parec铆a una pared de un ba帽o p煤blico, pero a escala fara贸nica.

Como es f谩cil suponer, el imp煤dico embadurnamiento tendr铆a sus consecuencias. Bast贸 con que una de las madres de los muchachos se percatara del estropicio para que en todas las casas 鈥 empezando por la de Miguel 鈥 comenzaran a halarse orejas.

Lo dicho. De mala manera aprendi贸 Miguel que al inventar s贸lo se sabe d贸nde se comienza.

***

Janguear frente al televisor 鈥 sin que fuera algo especialmente apetecible 鈥 tambi茅n se val铆a.

Una tarde de verano, est谩bamos en eso, mis hermanos y yo. Tirados en el suelo de granito, buscando el fresco, ten铆amos en la pantalla el canal musical de la reci茅n estrenada televisi贸n por cable. Ese d铆a pasaban una grabaci贸n de un concierto del famoso grupo Queen, en el no menos famoso estadio de Wembley.

Acabado de llegar de su oficina, mi padre se abri贸 paso entre los que est谩bamos tirados en el piso y se sent贸 en una de las mecedoras del estar. No estaba mal hacer tiempo para la cena compartiendo un rato de televisi贸n con sus muchachos.

Mientras Freddie Mercury aporreaba el piano y se desga帽itaba frente a las c谩maras, los muchachos mir谩bamos embelesados. Mi pap谩, empedernido amante de la m煤sica cl谩sica, no entend铆a qu茅 gracia pod铆a tener aquel individuo bigotudo e irreverente. Sin embargo, prefiri贸 callar y observar.

Poco a poco, el concierto se fue calentando. En esa misma medida, mi pap谩 se fue incomodando. No dec铆a nada, pero dejaba soltar un bufido de vez en cuando y cambiaba de posici贸n en la mecedora cada pocos segundos. Pero logr贸 controlarse y no decir nada.

Cuando el cantante de Queen se par贸 de su banqueta y se subi贸 encima del piano de cola, mi padre no aguant贸 m谩s. 鈥 隆Pero por Dios! 鈥 exclam贸. 鈥 隆Quiten a ese energ煤meno! 鈥 solt贸, a medio camino entre la orden y la s煤plica.

Christian, el m谩s peque帽o de los varones, con toda la imprudencia de su adolescencia acabada de descubrir, replic贸 desde el suelo. 鈥 隆Ey, no, Papi! Ese t铆guere es el Beethoven de este tiempo 鈥.

Mi pap谩 se puso de todos los colores y empez贸 a balbucear, con la cara seria de los boches, buscando aire para responder. Los hermanos nos miramos con expectaci贸n, pues sab铆amos que 鈥 sobre todas las cosas 鈥 nuestro progenitor era un beethoveniano recalcitrante.

Por unos largos segundos, mi pap谩 sigui贸 luchando para encontrar su lengua, hasta que logr贸 resumir su sentir en una sola palabra. 鈥 隆Blasfemo! 鈥 dijo con energ铆a, levant谩ndose de la mecedora y dando por terminada su incursi贸n en el incomprensible mundo del ocio televisivo.

No nos atrevimos a decir una palabra m谩s hasta que el ofendido mel贸mano sali贸 de la habitaci贸n. A lo que s铆 nos atrevimos fue a seguir all铆, tirados, disfrutando del dulce placer de no hacer nada.

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