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Permiso para soñar

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– La esperanza es un don, amigo mío – dijo Manolo, entre bocado y bocado. Respondía así a mi lamento. Me había estado quejando, con razones de sobra, de lo difícil que es mantener la esperanza en tiempos como estos, en un país como éste.

La verdad simple y profunda de su respuesta me desarmó. Se notaba que nacía de la sabiduría que otorga una vida entera dedicada a los temas espirituales. La conversación derivó hacia otros temas, pero esa afirmación me dejó pensando por el resto de la cena. Y mucho más allá.

Siempre pasa lo mismo con él. Cada vez que logro robarle algo de tiempo al ajetreo cotidiano – lo cual sucede con una periodicidad tan irregular que no puede considerarse tal – me junto con Manolo para compartir una comida. Y él siempre se las arregla para, como quien no quiere la cosa, llegarme al tuétano y ponerme a pensar por días.

Un quid pro quo desigual el que se da entre Manolo y yo. Compañía a cambio de lucidez. La cena concluye y, entre bromas, lo deposito en su casa. Comienza entonces una introspección que durará hasta el próximo encuentro.

***

¿De dónde nace la esperanza? ¿Nace de adentro? Entonces, ¿quién la puso ahí? Según Manolo, la esperanza es un don. Un regalo. Es gratis. Está ahí, junto con otros dones que recibimos las personas. Están la salud, el amor de los padres, la capacidad de perdonar, el cariño de la amistad, la capacidad de creer. Y está la esperanza.

Hace sentido. Después de todo, desde un punto de vista estrictamente racional, la esperanza parece más una ingenuidad que otra cosa. No en vano la intelectualidad tiende a desdeñarla como propia de mentecatos que niegan la realidad. Por no decir que es imposible demostrarla como un teorema.

No, señor. A la esperanza sólo hay que dejarla entrar. Hay que recibirla como un regalo y cuidarla como un tesoro. Igual que a los demás dones que, sin mucha explicación, recibimos en la vida.

Y vaya si es necesaria. En un contexto universal, ¿dónde estaríamos los seres humanos sin la esperanza de que el mañana será mejor que el ayer y que el hoy? ¿Se habrían emprendido las grandes iniciativas de la historia sin la certidumbre de que es posible construir el futuro?

Interesante paradoja. La esperanza es un don, pero el futuro se construye. Es un extraño ensamblaje entre la gratuidad y la inconformidad. Sin la una estaríamos condenados al desaliento, y sin la otra estaríamos viviendo un fatalismo inmóvil.

Por un lado, aceptar la esperanza entraña un ejercicio de humildad, para asimilar nuestra propia pequeñez en el gran esquema de las cosas. Para comprender que no somos dioses, y que no tenemos control sobre muchas cosas. Y para dejar de lado la arrogancia de creer que el tiempo que nos toca es el peor de todos, que estamos justo en el centro de la historia.

Por el otro lado, la esperanza sirve para ponernos en movimiento. Y para ello, hay que ser muy atrevidos – casi diríamos que desvergonzados – para creer que el destino colectivo es algo que se decide y se conquista. Para enfrentar la adversidad y atreverse a meterse voluntariamente en la vorágine tortuosa del cambio.

Sin esperanza es imposible oponerse al destino. Imposible intentar agarrarlo por el cuello. Imposible cambiarlo y construirlo. Ya sea en lo individual o en lo colectivo, sólo con esperanza es posible intentarlo. Incluso, el refrán debería ser al revés: mientras hay esperanza, hay vida.

***

¿Y de los sueños, qué? De ellos, de los sueños, no he hablado con Manolo, pero creo saber lo que diría. Los sueños son hijos de la esperanza, y son el puente necesario, el que hay que cruzar para inventarse un propósito, una acción y un resultado.

Sin excepción, los grandes logros del espíritu humano comenzaron como simples sueños. Sueños que se hicieron realidad producto del trabajo consciente, deliberado y decidido de quienes soñaron los sueños o se apropiaron de ellos. Así, conquistar la cima del Monte Everest o esculpir el David son hazañas que primero debieron ser soñadas para ser alcanzadas. Soñar despiertos con lo aparentemente inalcanzable es algo inherente y, hasta nuevo aviso, exclusivo de los seres humanos.

Y si el sueño es una conquista del bien común, una meta colectiva, pues con más vera. Y si no, que le pregunten a Martin Luther King. Ni en las cabezas más visionarias cupo la idea de que apenas cuarenta años después del inmortal discurso “Yo tengo un sueño”, pronunciado en un momento de intensa represión racial, un afroamericano tomaría juramento como presidente de los Estados Unidos.

Ese es el poder de la esperanza, cuando la dejamos que se convierta en sueños, y cuando nos atrevemos a convertir los sueños en proyectos, y cuando no desmayamos hasta convertir los proyectos en realidades.

Pero todo comienza por la esperanza.

***

La derrota más desoladora de todas – y, en la vida, ya se sabe, sus derrotas habrá – es la que nos despoja de la capacidad de soñar.

Ahí sí es triste, mi hermano.

La desesperanza entra por la puerta y los sueños se van volando por la ventana. Y si la derrota se asume como colectiva, es mucho peor, pues el descreimiento se socializa, y se convierte en hábito, y hasta en dogma.

Antes de darnos cuenta, empezamos a corear mantras, que – de tanto repetirlos – se convierten en verdad única e indubitable. Esto se jodió (amén). Esto no tiene arreglo (amén). Lo único que queda es irse de aquí (amén). Tal o cual barbaridad nada más se ve aquí (amén).

Si me atrevo a expresarme en estos términos es porque – en mi calidad de santiaguero-ausente-que-viene-y-va – de un tiempo a esta parte he notado cómo el decaimiento anímico se ha enseñoreado en muchos círculos de la ciudad.

Cierto que estos últimos años no han sido fáciles. Desde el terremoto económico que significó en 2008 la pérdida de cincuenta mil empleos en las empresas de zona franca, a Santiago se le ha hecho cuesta arriba sacudirse de las secuelas – sociales, comerciales y hasta cívicas – que dejó tal evento.

Razones no faltan para justificar esta depresión postraumática. Sin embargo – y, repito, desde mi perspectiva de santiaguero itinerante – admito que añoro palpar la dinámica creativa y colectiva que nos legó maravillas como la PUCAMAIMA, el ISA, la Asociación Cibao, la Cooperativa La Altagracia o el Aeropuerto Cibao.

Realidades palpables como lo son cada una de estas instituciones – alzadas contra el sol y la distancia – nos demuestran que, aún en las circunstancias más difíciles, los santiagueros sabemos soñar

y, mejor aún, sabemos arrebatarle frutos al caos del futuro.

¿Adónde se nos escondió esa capacidad de soñar un sueño y de luchar por él? ¿Es más difícil la realidad actual – con lo cruel y descorazonadora que pueda ser – que aquellas que debieron vencerse para crear cada uno de esos portentos?

***

Toda ciudad es, por definición, una obra inconclusa. Siempre habrá carencias y retos. Y, aceptado, la lista de desafíos del Santiago del presente es bien larga.

Pero, si me preguntan a mí qué pediría para mi Ciudad Corazón, sin dudas me quedo con el don de la esperanza. Que renazca. Y que permanezca. Y que nos haga soñar. Lo demás, está visto, sabemos cómo se hace.

Tengo el pálpito de que mi amigo Manolo estaría de acuerdo.

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