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Pequeños tesoros de la memoria

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La vida termina siendo memoria. Supongo que eso quiso decir García Márquez cuando escribió aquello de que la verdadera vida es la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

Se podrá estar de acuerdo – o no – con el viejo Gabo, pero la realidad es que con los años vamos tejiendo una red de recuerdos que, de alguna manera, definen quiénes somos. O, al menos, quiénes hemos sido.

A veces por importantes, otras por singulares y otras sencillamente porque sí, los momentos se van trenzando, sin demasiado orden, para conformar el tapiz de nuestra memoria. ¿Sirve para algo este menjurje de recuerdos? Habrá quien diga que no, que hay que mirar siempre adelante y nunca para atrás.

Pero a mí me gusta pensar que sí, que sirven para algo. Así sea para recordarnos lo bueno que es estar vivos. Y eso no es poco.

***

De vez en cuando, en un estadio suceden eventos memorables. Claro que las hazañas de los atletas, que son la razón del espectáculo, dan para muchos de ellos. Sin embargo, cualquier circunstancia puede acentuar la magia que hace inmortal a un episodio.

Como sucedió aquella noche de agosto del 2003, en el Estadio Olímpico de la Capital. Mi hermano y yo asistíamos a una de las últimas noches del campeonato de atletismo de los Juegos Panamericanos, porque se correría la final de los 400 metros con vallas, y no queríamos dejar pasar la oportunidad de ver al campeón del mundo, Félix Sánchez, ganar una medalla de oro para el país.

Muy pronto comprobamos que nuestra idea tenía poco de original, pues cuarenta y cinco mil personas más tuvieron la misma. Cuando finalmente alcanzamos nuestros puestos en la grada, el óvalo del estadio estaba repleto. No debía haber un solo asiento vacío.

Con el calor húmedo en sus buenas, el programa avanzaba lentamente por las diversas pruebas de campo y pista. La multitud esperaba impaciente, en un ambiente cargado de electricidad, por la carrera en la que Súper-Sánchez nos pondría a gozar.

Entre prueba y prueba – y para que no quedara duda de a qué habíamos ido al estadio – se desataba un coro espontáneo: ¡Fée-lix! ¡Fée-lix! Cuando se acercó el turno de la carrera de los 400 metros con vallas, salió a la pista un grupo de empleados a colocar las vallas que saltarían los atletas. La expectación era tanta, que con solo mirar las vallas, el público enloqueció.

Y cuando salieron los corredores, incluyendo a Félix Sánchez, a hacer sus ritos de estiramiento y relajación antes de ocupar sus posiciones, ahí fue que la cosa fue grande. Imagine el lector la bulla en el Estadio Cibao con un jonrón decisivo de las Águilas en el noveno inning de un juego con el Licey. Pero multiplicado por tres o por cuatro. Y sin parar.

Aquello fue un pandemónium. Y la carrera ni siquiera había empezado.

Con toda calma, Félix Sánchez se arrodilló en su lugar de salida y se acomodó para competir, mirando el suelo, buscando concentración. Pero la bulla seguía. A todo dar. Casi cincuenta mil gargantas, pares de manos y pares de pies dejaban salir su emoción, en forma de gritos, aplausos y brincos.

El ruido era tal, que recuerdo haber pensado – no sin cierta preocupación – que no había manera que los corredores pudieran escuchar el pistoletazo de salida.

Entonces ocurrió la magia.

Sin levantar su mirada del suelo, arrodillado como estaba, Félix Sánchez levantó los brazos. Y lentamente los bajó. En la misma medida en que sus manos se acercaron al suelo, fue calmándose la multitud. En menos de un segundo, un silencio absoluto y sobrecogedor se hizo en el estadio.

Increíble. Con un solo gesto, se evidenció la comunión entre el público y su campeón del mundo. Los oigo, pareció decir el corredor. Tranquilos, que ganaré para ustedes.

Por unos instantes inolvidables, el silencio se mantuvo. ¿O sería que el tiempo se detuvo? Hasta que sonó el disparo de salida. Y el resto fue historia.

***

La vida, en una de sus volteretas, me regaló el privilegio de visitar Egipto por un par de días. El poco tiempo disponible no evitó que las maravillas de El Cairo se desplegaran ante mis ojos, si bien a velocidad turística. El Museo Egipcio, con cañeras incluidas, la Mezquita de Alabastro y hasta un paseo en falúa por el Nilo.

Ya casi de salida, hicimos la visita obligada al complejo funerario de Guiza. Sorteando vendedores ambulantes y ofertas de paseos en camello, llegamos al pie de la gran pirámide de Keops. La vista de-ahí-a-ahí de los casi ciento cuarenta metros de la mole de piedra me causó un asombro tan grande que, en un santiamén, volví a ser el muchachito de séptimo curso que ponía a volar su imaginación contemplando las fotos del libro de historia.

Sin mucho entusiasmo, el guía informó que pagando una pequeña cuota, se podía acceder al interior de la pirámide y llegar hasta la cámara del rey. Tal vez porque tenía prisa, o porque leía el cansancio en la mayoría de los rostros del grupo, el guía desaconsejó la experiencia, advirtiendo de la peligrosidad del pasaje de acceso a la Gran Galería, por estrecho, empinado y claustrofóbico.

Para mi extrañeza, todos en el grupo plegaron la cara ante la idea de meterse en el mondongo de la pirámide. Todos, menos yo

pues pudo más el niño que había despertado en mí.

Desoyendo advertencias y premoniciones de catástrofe, me adentré por un angosto pasadizo descendente. Fue como entrar en el túnel del tiempo. A unos treinta metros pirámide adentro, giré a la derecha y empecé a trepar trabajosamente por un estrechísimo y oscuro corredor, por el que sólo cabía agachado. A esto se refería el guía, pensé. Incómodo, sí, pero qué importa. Toqué las piedras del piso, de las paredes, del techo, completamente pulidas por casi cinco mil años de sobos.

Cuando llegué a la Gran Galería – más amplia que el pasaje de acceso, si bien con la misma pendiente – estaba sofocado y feliz. Calculé que había subido una altura de unos cuarenta metros cuando el piso se niveló en la antecámara. Unos pasos más y entré a la cámara del rey.

Era una habitación rectangular, amplia y alta, toda de piedra. Con excepción de la caja destinada al sarcófago del faraón, estaba completamente desnuda. Me sentí como un intruso. Y, pensándolo bien, lo era.

Pero no me importó. Al contrario, celebré en silencio.

Cinco mil años son más de un millón y medio de noches. Doscientas generaciones. Pensé todo esto, confinado en el corazón de la pirámide, y me sentí pequeño. Una gotita de agua en el mar de la humanidad, que es, a su vez, una gotita en el océano del universo.

¿Cómo olvidar un momento así?

***

La excursión al Pico Duarte está llena de joyas para los cinco sentidos. Es mucho más que subir y bajar lomas. Los trillos te van llevando por una diversidad de paisajes – montañas, ríos, valles – que se convierten en una sinfonía de sensaciones. Imposible hacer la travesía y que no te conmuevas.

Mi etapa favorita del viaje es la que lleva, yendo desde el norte, al Valle de Bao. Sales desde el refugio de La Guácara, que está en un pequeño llano al lado del río del mismo nombre, con la disposición para caminar al menos cinco horas. En ese tiempo, ascenderás desde unos 1,100 metros de altura hasta los 1,800 del destino de la jornada.

Subes una pendiente muy empinada y bajas otra, hasta un primer cruce del prístino río Bao. Subes otra montaña casi igual de empinada y vuelves a bajar para cruzar de nuevo el río Bao, esta vez a 1,400 metros de altitud. Y luego, la última escalada hasta el valle, que es la más larga.

Cuando estás empezando a dudar que vas a llegar, la subida termina y entras a un llano arbolado. Caminas unos pocos minutos, y al doblar por un recodo, te encuentras de improviso con la vista del valle.

Nada te prepara para ese momento. La impresión que te causa es tal, que te tienes que detener. Y si crees en algo más grande que tú, sentirás la necesidad de invocarlo y agradecerle. Y, créeme, nunca la olvidarás.

Porque lo que tienes ante ti es una maravilla de la creación. La sabana del valle llega hasta donde alcanza la vista, tapizada por la paleta de verdes pálidos de los pajones, y está rodeada por montañas enormes cubiertas de pinos. Las laderas mueren todas en el valle, creando una especie de embudo que recoge las aguas de manantiales y arroyos que conforman el mismo río Bao que cruzaste para llegar y que bordea el valle por el oeste.

Y cuando, al otro día, te tienes que ir, lo lamentas. Y te prometes regresar.

***

Hace un par de domingos, leía un rato tumbado en mi cama cuando Ana Cristina, mi hija mayor, se acercó, computadora en mano. – Papi, quiero que veamos una película – dijo. Antes que pudiera responderle que sí, que me encantaría, Jose y Adriana llegaron corriendo a la habitación. – ¡Yo quiero, yo quiero! – corearon, tirándose en la cama.

En lo que se dice berenjena, estábamos los cuatro arremolinados frente a la pantalla. – ¡Jose, echa pallá! – dice Adriana, voluntariosa como ella sola. – ¡No! ¡Me toca a mí al lado de Papi! – responde el otro, defendiendo su territorio.

– Tranquilos, tranquilos, que hay Papi para todos – digo, inflado como un rey en su palacio. En ese momento, no me doy por nadie.

Finalmente, la película comienza y se tranquilizan. No por mucho tiempo. Ana Cristina ya la ha visto y se encarga de acentuar el suspenso de la trama. – ¡Atiende ahora, tú verás! – dice a cada momento. Jose, impaciente de por sí, brinca a cada rato. – ¿Y qué es lo que va a pasar? ¡Dime, Ana! –.

Yo río por lo bajo, saboreando el momento. Me hago consciente de la bendición que significan el aquí y el ahora de esas tres cabecitas compitiendo por un espacio a mi lado. Con lo rápido que crecen los muchachos, sé que muy pronto ratos como este quedarán en el recuerdo. Ana Cristina ya entró en la adolescencia y Jose está a sus puertas.

Por eso trato de grabármelo. La película sigue, bastante movida, y los mantiene interesados. Salvo Adriana, la chiquita, que cae rendida. Yo estoy que se me sale la babita. Más vivo que nunca.

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