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Pepinero inmortal

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– ¡Buenas! – saludó el doctor al entrar a la ebanistería. – ¡Salve! – respondió una voz animosa desde algún lugar detrás del mostrador. Un hombre alto y fornido se dejó ver, saliendo de una puerta que parecía conectar con el taller. Le tendió una mano enorme que el doctor estrechó.

– ¿En qué podemos servirle, joven? – dijo el hombre afablemente. El doctor hizo su pedido, no sin cierto embarazo. – Necesito unos palitos de mosquitero para dos camas de niño – dijo, temiendo que lo insignificante del trabajo provocara que lo despacharan para otro taller.

Para su sorpresa, el hombretón se tomó su tiempo, no sólo para atenderlo, sino también para entrar en conversa con él.

Así se enteró el doctor que aquel mulato de sonrisa fácil y ojos de guandules era el dueño del taller, que se llamaba Fellito Ventura, y que vivía desde hacía años ahí mismo, en los altos del taller. Y así supo Fellito que el joven que tenía enfrente era un médico recién llegado a Santiago, que había sido referido a su taller por una vecina muy querida de Fellito que resultó ser cuñada de su nuevo cliente.

La referencia probó ser suficiente para que Fellito tratara al doctor como familia. Tanto, que ni le cobró los palitos de mosquitero. – Considérelo un aporte de bienvenida a un médico que le dará servicio al barrio – razonó Fellito ante la insistencia del doctor por pagarle.

Corría 1966. El barrio al que se refería el ebanista era Los Pepines. Y el médico que recibió aquel favor – mi padre – sería su amigo por las siguientes tres décadas.

***

Nadie lo diría, pero Fellito Ventura nació en Puerto Plata. Y digo que nadie lo diría, porque lo que sí aseguraría todo el que lo conoció es que Fellito no pudo nacer en otro sitio que no fuera Los Pepines. Es más, diría más de uno, Fellito era Los Pepines.

Y por más de una razón.

Para empezar, su casa-taller de la 16 de agosto con Luperón era el epicentro emocional del vecindario. Con nueve hijos varones, el entra-y-sale de la casa de Fellito y su esposa, Doña Consuelo, no paraba nunca. De hecho, puedo afirmar que muy pocas veces vi la casa de Fellito con la puerta cerrada. Puertas y brazos abiertos siempre, parecía la consigna.

Pero – como diría el poeta – no es eso solamente.

***

Si el barrio gravitaba alrededor de la casa de Fellito, también puede decirse que Fellito hacía buena parte de su vida en las calles del barrio.

Aceras y esquinas eran extensiones de la galería de su casa, donde se conversaba y se compartía con la misma naturalidad que en cualquier mecedora de cualquier sala. Y si había algo que celebrar, allí se celebraba, en la calle, con todos sus colores y sus sabores. Y si había una pena que asumir, pues también allí se repartía, mejor si entre más gente.

Y en el centro de todo, sin ínfulas ni protagonismos, Fellito. Del carnaval a San Andrés, participando como el que más. Navidades, con bullicio y trago, sin disculpas. Y si ganaba su querido CUPES, fiesta – literalmente – hasta que amanezca.

***

Comenzando con aquellos lejanos palitos de mosquitero, mi papá y Fellito se hicieron muy amigos. A pesar de la diferencia de edad – Fellito era más de diez años mayor – el gusto por la conversación y la buena lectura los conectaba. No era raro que intercambiaran libros.

Algunos domingos, los dos amigos hacían paseos cortos por las calles del barrio, o por campos cercanos a Santiago. Era una excusa para conversar, o para compartir el brindis dominguero.

También los unía el gusto por lo popular. Incluso, he llegado a pensar que mi papá – que llegó a Santiago y a Los Pepines en la joven adultez – aprendió a querer al barrio mirándolo a través de los ojos transparentes de Fellito.

***

Fellito Ventura era un líder natural, con ideas claras. Creía, por ejemplo, en el derecho de todos a la oportunidad de vivir una vida sencilla y tranquila. Y para esa maravillosa aspiración – una vida sencilla y tranquila – trabajaba para sí y para otros.

En los hechos, no en las palabras.

Cuando había un fuego en Los Pepines y se quemaba alguna casa de madera, al otro día llegaba Fellito con todos sus hijos – una tropa de muchachos de todos los tamaños y formas, todos duchos en ebanistería, y casi todos con los mismos ojos alagartados del padre – a clavar tablas y hojas de zinc hasta que la vivienda volviera a ser habitable. Sin que nadie lo pidiera, y sin que nadie lo pagara. Conozco pocas muestras de solidaridad como esa.

Y cuando finalmente sucedió la tan esperada salida de los Trujillo del país, y la celebración en Los Pepines se desbordó hasta el Monumento, para destruir la estatua entogada del dictador que miraba hacia la ciudad, Fellito no lo pensó dos veces. Ahí estuvo. Como siempre. Metiendo el hombro, con conocimiento de causa y aceptación de consecuencia.

Si se repite como un mantra que Los Pepines es un barrio aguerrido y solidario, quién no diría también que Fellito Ventura encarnaba estas cualidades como nadie.

***

Fellito murió al filo de los setenta años, en 1994. De improviso y sin pedir permiso. Su funeral fue una muestra espontánea de dolor colectivo. Un verdadero gentío fue a despedirlo.

Me consta que muchas personas lo recuerdan y lo extrañan. Mi papá entre ellas.

Frecuentemente lo menciona, o trae a colación alguna anécdota. Escuchándolo, es fácil concluir que se puede ser serio y alegre a la vez

también noble y sencillo, pues Fellito era todo eso.

Y si le preguntas, la retahíla de elogios no termina: buen amigo, sincero, leal, trabajador incansable, servicial. Y, por supuesto, querido y buscado por todos.

Hasta el ayuntamiento de Santiago – en una inusual demostración de lucidez – se rindió al legado de cariño barrial que dejó Fellito Ventura y rebautizó una calle de Los Pepines con su nombre.

Gran honor, pues Los Pepines es un barrio de pocas calles y mucha historia. Tratándose de Fellito, sin embargo, resultó apropiado a su forma de vivir – alejado de toda pompa y ceremonia – que fuera la calle más corta, más estrecha y, cómo no, la más humilde de Los Pepines la que recibiera su nombre.

Auténtico siempre, Fellito. Hasta en ese detalle.

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