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Para lo que sirve el ingenio

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El maestro Julio Alberto Hernández acababa de sentarse en la banqueta del piano de pared negro cuando el tío Lulú Sanabia entró desde la calle, abanicándose la cara con su sombrero de Panamá. – Buenas tardes tengan todos – saludó, dirigiéndose al grupo de habituales a la tertulia, que ya estaban sentados en las sillas de caoba de la sala. – Salve, Atala – completó el saludo, con una leve reverencia para la dueña de la casa.

Casado con la tía Mignon, el tío Lulú era cuñado de tía Atala y el único de los contertulios que la tuteaba. – Acabo de pasar por el frente de Blandino. Murió este muchacho Candelario, de la Avenida Mella. ¿Tú sabes lo que es eso? Me crucé con él la semana pasada y estaba de lo más bien – dijo el tío Lulú mientras se sentaba en su silla de brazos. Tía Atala asintió por toda respuesta, sin darle demasiada importancia al comentario.

El tío Lulú tenía sus singularidades, y una de ellas era pasar como por casualidad por la acera de la funeraria de la calle Mercedes cuando caminaba desde su casa de La Aguedita hasta la de tía Atala en la calle Santomé, para leer el nombre del muerto de la semana escrito con tiza en una pizarra que daba a la vitrina que exhibía los ataúdes. Tenía tanto gusto por lo fúnebre y por el anuncio de catástrofes inesperadas que los sobrinos, a sus espaldas, le apodaban Ha-fallecido.

Rasgos peculiares, como el prurito macabro del tío, no levantaban ni una ceja en la tertulia de tía Atala, pues la originalidad de pensamiento y acción era el rasgo más valorado entre los que, cada jueves de cuatro a seis, llenaban de conversación y música aquella sala. De hecho, el grupo era una diversa colección de caracteres en la que no faltaban algunas genialidades.

Esa tarde estaba presente, por ejemplo, el señor Lacay Polanco, periodista de prosa precisa y poeta de rimas elegantes. También don Bienvenido Gimbernard, ciego como un viejo murciélago y cascarrabias como una vieja comadre, quien se apoyaba en su lazarillo con una mano y en su bastón con la otra mientras planeaba por varias cuadras hasta posarse en su silla, a participar como el que más en los encendidos intercambios que se producían en la tertulia. Don Bienvenido era el propietario de la Imprenta La Palabra y editor de la revista Cosmopolita. Había sido, hasta que su vista se lo permitió, el más famoso caricaturista de su tiempo.

También estaban allí doña Tatón Manzano, una vecina de tía Atala que se había pasado la vida leyendo cuánto caía en su mano

y el joven sacerdote Juan Pepén, delgado y estirado, con su sotana negra y botines del mismo color que lo hacían parecer un cuervo con espejuelos. El Padre Pepén era despacioso, de trato afable y hablaba con voz tan queda que siempre parecía disculparse

pero todos en la tertulia sabían por experiencia que detrás de sus modales exquisitos residía un carácter recio y vertical, como una columna de la Catedral Primada.

Toda una asamblea de devotos del arte de la buena conversación. Hasta su mascota, sin saberlo, tenían. Efectivamente, Monchín – uno de los muchos sobrinos que pasaba más tiempo en la casa de tía Atala que en la suya propia – se sentaba detrás del umbral que unía la sala con el patio interior y absorbía cuanto se decía en la tertulia con un deleite impropio de sus nueve años.

Cuando finalmente tío Lulú se acomodó en su silla y se completó el intercambio de saludos, la reunión se dio por formalmente comenzada. La primera parte consistía casi siempre en la audición de alguna grabación en la Victrola de tía Atala o – cuando el maestro Julio Alberto asistía a la tertulia, como era el caso en aquella ocasión – de alguna interpretación al piano.

Todos hicieron un respetuoso silencio y se dispusieron a escuchar a don Julio, quien solía desmentir su contextura de cigua mansa cuando tocaba. Aquella vez no fue la excepción, y el maestro se agigantó con una excelente versión de su Serenata en La Mayor, que fue premiada al final con aplausos y vivas por la selecta audiencia.

Tía Atala aprovechó la distendida transición que solía seguir al segmento musical para acercarse a la cocina y ordenar el sencillo brindis de champola que era lo único que se servía en la reunión. Por consideración a la anfitriona, los asiduos a la tertulia no permitían que tía Atala se complicara más allá de una bebida refrescante. Además, se suponía que el verdadero banquete era el coloquio entre amigos.

Un par de minutos le tomó a la tía inspeccionar la bandeja con los refrescos. Cuando regresó a la sala, de inmediato notó algunas diferencias en el ambiente. Algunas adiciones. Además de un par de personas que se habían sumado al grupo, un velo de tensión había arropado sin invitación a la tertulia.

En ese momento, uno de los recién llegados hacía uso de la palabra. – Comprendo su entusiasmo por el general George Marshall, señor Lacay. Aunque debo admitir que mi admiración la reservo para protagonistas más cercanos. Más locales, si entiende lo que digo – decía con un dejo de ironía Clodomiro Saldaña. A su lado, como un perro fiel, estaba la figura oscura – casi siniestra – de Saturnino Peláez.

Saldaña y Peláez eran dos personajes de oficio desconocido que rondaban las calles del casco antiguo de Santo Domingo con más desparpajo que gracia. El rumor público los sindicaba como informantes encubiertos del régimen, cuya crueldad no era para ese tiempo – finales de los cuarenta – un secreto para nadie. Su presencia incomodaba cualquier reunión por razones obvias.

Además parecían siameses, porque andaban siempre juntos para arriba y para abajo, como una pareja de auras tiñosas en busca de carroña. Clodomiro era más locuaz que Saturnino, quien en cambio era dueño de una sonrisa callada y perturbadora que sabía aterrar a sus interlocutores. Eran pretenciosos y altaneros como lo son los que se saben favorecidos por el poder. En realidad – y eso lo sabía muy bien Tía Atala – eran dos pobres diablos, bastante brutos por cierto, a los que las circunstancias de la tiranía convertía en sujetos peligrosos.

– Pues sí, señores – seguía Clodomiro con su pequeño discurso. – Estoy de acuerdo en que los americanos cuentan con un grupo de buenos generales. Eisenhower, Patton, MacArthur, ya mencionamos a Marshall. Pero ninguno se puede comparar con, digamos, Napoleón – dijo Clodomiro con mal disimulada arrogancia. Saturnino asentía mecánicamente. No importaba lo que su compinche dijera, Saturnino meneaba la cabeza en una afirmación incondicional.

Clodomiro hizo una pausa con cierto dramatismo. Todos callaban prudentemente, presintiendo lo que venía. – ¿Ustedes saben quién es tan grande como Napoleón? – preguntó Clodomiro sin mucho misterio. Nadie contestó. Algunas miradas se intercambiaron en la sala, entre fastidiadas y advertidas. – El Jefe – se respondió a sí mismo Clodomiro, para regocijo de Saturnino y embarazo del resto de los presentes.

Tía Atala observaba la escena en silencio, tan incómoda como sus invitados, sin saber qué hacer. El imprudente de Clodomiro había roto la regla capital de la tertulia: nada de política nacional contemporánea. Los temas de política y economía internacional eran más que bienvenidos a la conversación, pero lo local estaba – bajo la excusa de que desataba demasiadas pasiones, aunque todos sabían que la razón era otra – explícitamente proscrito de las discusiones.

La estocada artera de Clodomiro no se hizo esperar. – Estoy seguro de que todos ustedes están de acuerdo conmigo – pausó para acentuar el efecto. – ¿O no? – remachó, casi desafiante. El silencio general fue la respuesta. Clodomiro, sabiéndose dueño del escenario, quiso añadirle más sazón a la discusión personalizando la pregunta. – A ver, don Bienvenido – dijo, dirigiéndose al adusto caballero del bastón – ¿Es o no el Jefe tan grande como Napoleón? – cuestionó punzante. Saturnino miró a don Bienvenido con divertida expectación.

Antes que don Bienvenido aventurara una contesta, tía Atala intervino. Estaba bastante enojada con la situación, pero el tono de sus palabras no lo delató. – La respuesta a su pregunta es evidente, Clodomiro – dijo la tía con suavidad, tratando de distraer al interrogador con un fuego de artificio. No dijo más, a ver si Clodomiro se daba por satisfecho con una respuesta que no era tal.

Su interlocutor no mordió el anzuelo. – Ah, sí, doña Atala, la respuesta es evidente – se dirigió Clodomiro a la tía, para después añadir: – ¿Y cuál es esa respuesta, si doña Atala es tan amable? – dijo untuoso Clodomiro.

Tal vez fue el tono de su pregunta lo que terminó por provocarle a tía Atala unas ganas tremendas de sacar a patadas de su casa – y de su preciada tertulia – a la lagartija que tenía enfrente. Mirándolo bien, sí parece una lagartija

se dijo tía Atala, mientras respiraba hondo y se serenaba para no traslucir lo que en realidad tenía en su cabeza.

– Le puedo dar mi opinión, pero no servirá de mucho – dijo la tía, aliviada a medias de que la tertulia se hubiera trocado en un careo entre ella y Clodomiro. Mejor así, pensó. Ya sabría ella como salir del lío. – En nuestra reunión semanal, don Clodomiro, no basta con lo que cualquiera de nosotros opine sobre un asunto en particular – empezó tía Atala, como quien se prepara a hacer malabares.

Con todas las orejas de la sala, incluyendo las de Monchín, atentas en ella, tía Atala volvió a la carga. – Aquí las verdades se demuestran. Por ejemplo, con la opinión documentada de alguna autoridad en la materia – continuó la tía, encontrando el camino a medida que caminaba. – Mejor que lo que yo pueda decirle, prefiero referirle a lo que dijo un grande

alguien mucho más grande que todos nosotros – dijo tía Atala, que sabía ser grandilocuente cuando la ocasión lo requería.

Le tocaba ahora a Tía Atala asestar una estocada. – Mi favorito para responder a su pregunta, don Clodomiro, es Wolfgang Cósimo Siegfried, el gran historiador alemán de la Universidad de las Valkirias, quien acaba de publicar un artículo sobre el tema – enunció la tía. También ahora le tocaba a ella hacer una pausa dramática. – ¿Lo conoce usted? – preguntó con inocencia.

Touché. El desconcierto se reflejó en los ojos de Clodomiro. Normalmente los tenía achinados, pero mientras decidía qué responder, los entrecerró de tal manera que parecían dos rayas en su cara. Después de un silencio que se hizo eterno, logró hilvanar una respuesta. – En verdad no lo conozco – admitió con sorprendente honestidad Clodomiro.

Tía Atala agrandó los ojos, fingiendo una gran sorpresa. – Pero, cómo es posible que no lo conozca – terció, con la decepción que reserva una maestra para un alumno atrapado en una travesura. Miró al resto de sus invitados meneando la cabeza, como diciendo: “Clodomiro no conoce a Siegfried, ¿pueden creerlo?” Clodomiro miraba a los presentes con desconfianza. Estaba visiblemente irritado. Cualquiera, después de que le espetaran su incultura en la cara, aún fuera con guantes de seda.

Se hizo otro silencio incómodo. Clodomiro reunió fuerzas para hablar. – Y, este señor, Sig… – titubeó Clodomiro. Tía Atala fue a su rescate. – Wolfgang Cósimo Siegfried – completó solícita. – Ese mismo – dijo Clodomiro, avergonzado. – ¿Acaso valida en su artículo la grandeza del Jefe? – disparó su último cartucho Clodomiro.

Tía Atala estaba preparada para responder. – No, no – dijo. – No seré yo quien se lo diga. No confíe en mi memoria. Le sugiero que investigue en la biblioteca pública, para que esté seguro de la respuesta – dijo la tía con toda amabilidad.

Una falsa sonrisa se dibujó en el rostro de Clodomiro. En el de Saturnino no había señal de que tuviera la más mínima idea de lo que estaba sucediendo. Tía Atala permitió que el silencio preparara el terreno para su tiro de gracia. – Entiendo que la biblioteca está abierta todavía. ¿Por qué no va ahora y sale de todas sus dudas? Digo, si de verdad le interesa saber qué tan grande es el Jefe – retorció la daga tía Atala en su pobre víctima.

Bien sabía la tía que las neuronas de Clodomiro – y las de Saturnino menos – no le alcanzaban para recordar el nombre

mucho menos para osar siquiera cruzar el umbral de una biblioteca.

Clodomiro se levantó, sin atreverse a disculparse por su ignorancia y, musitando una despedida, salió con el rabo entre las piernas. Saturnino lo siguió como lo que era: su otro rabo.

No bien salió Clodomiro, don Bienvenido fue el primero que habló desde la claridad de su ceguera. – ¿Es ese Wolfgang Cósimo Siegfried lo que yo pienso? – preguntó con un tono pícaro en su voz. La tía Atala respondió con la cara más seria del mundo. – Eso mismo. Compañero de facultad de Estanislao Nibelungo – dijo, exprimiendo otro nombre imposible de su vasta imaginación.

Todos sonrieron en silencio. Tía Atala, a fuerza de puro ingenio, había matado tres pájaros de un tiro. Espantó a las aves de rapiña, rescató a la tertulia de un chasco seguro y ahorró a sus contertulios un sofocón innecesario con el intolerante poder de entonces. El tío Lulú fue el único que se destapó con una sonora risotada en monosílabo. – Brindo por nuestra anfitriona y por la Universidad de las Valkirias, dondequiera que esté – añadió, levantando su vaso de champola. Ahora sí, la carcajada fue general. Todos, hasta Monchín, se unieron al brindis.

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