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Mujeres gordas y geniales

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Mi familia, como muchas otras, desde siempre ha estado regida por mujeres. En cada generaci贸n, varias matriarcas han ocupado el lugar alrededor del cual gravitamos todos los dem谩s miembros del clan familiar. Incluso en aquellas 茅pocas en las que la autoridad ha parecido emanar de alguna figura masculina, siempre ha estado claro para todos que el poder real 鈥 y el genio 鈥 residi贸 en las mujeres.

Mujeres grandes, todas ellas. Tanto por parte de mi padre como por parte de mi madre. Y cuando digo grandes, lo digo en todo el sentido de la palabra. Desde el tama帽o del car谩cter y de la entereza que las llev贸 a convertir lo extraordinario en rutina con tal de levantar a la familia como Dios manda, hasta la dimensi贸n de sus opulentas anatom铆as. Curiosa y ciertamente, casi todas las mujeres importantes de mi familia han tenido cuerpos generosos y rotundos. Parecer铆a que necesitan mucho espacio para almacenar cari帽o.

La primera de todas esas colosales mujeres lo fue la T铆a Atala. Hermana mayor de mi abuela paterna, era la matriarca de las matriarcas. Madre de todos sus sobrinos y sobrinas 鈥 incluyendo, muy especialmente, a mi padre 鈥 y abuela absoluta de todos los nietos y nietas suyos y de sus hermanas.

Har铆an falta varios vol煤menes para describir todo lo que era T铆a Atala. Maestra de generaciones, inspectora escolar, madre trabajadora en una 茅poca en la que las normas para las mujeres eran la sumisi贸n y el destierro hacia lo dom茅stico. Lectora voraz, compositora ocasional y curiosa investigadora de las ciencias ocultas del m谩s all谩 y del m谩s ac谩.

Todav铆a hay m谩s. T铆a Atala fue sobreviviente del cicl贸n de San Zen贸n, lo cual es mucho m谩s asombroso de lo que suena, pues fue pillada en la intemperie por los feroces vientos del sur que arrasaron Santo Domingo luego que el ojo del hurac谩n y su narc贸tica calma desprevinieron a la mayor铆a de los habitantes de la ciudad. T铆a Atala tuvo que refugiarse en un zagu谩n, aferrando contra su seno a su primog茅nita reci茅n nacida, mientras a su alrededor se desataba una versi贸n h煤meda del infierno de Dante. As铆 preserv贸 este portento de mujer 鈥 para suerte de toda la familia 鈥 a la T铆a Tere, quien llegar铆a a ser otra gran mujer, tanto en sentido figurado como literal.

Y todav铆a hay mucho m谩s. Era, a la vez, coleccionista indiscriminada y depositaria de la memoria de la familia. Desde los recuerdos con valor hist贸rico de su abuelo paterno, quien fue general victorioso y pr贸cer de la Independencia, hasta las menudencias sentimentales que s贸lo importan a los familiares, todos los objetos 鈥 ya fueran vivos o inanimados 鈥 parec铆an converger hacia su casa de la calle Santom茅, y m谩s tarde a la del Parque Duarte, frente al Convento de los Dominicos.

De los muchos atributos de T铆a Atala, sin embargo, no hay duda de que los m谩s espectaculares eran su coraz贸n di谩fano y su integridad a toda prueba. Si hac铆a falta mucho m谩s que la fuerza de un hurac谩n para arrancar de sus brazos a un ser querido, asimismo se requer铆a un imposible para que T铆a Atala se atreviera a darle la espalda a alguien necesitado de una mano amiga. Sospecho que era ese su estilo particular de honrar la memoria del abuelo h茅roe. M谩s que una oportunidad para cabildear canonj铆as, para T铆a Atala el legado consist铆a en el deber de apegarse a una conducta intachable y solidaria. Con ella, no pod铆a ser de otra manera.

En efecto, su figura impon铆a respeto donde quiera que llegara. Y, no obstante, era mucho m谩s cari帽osa que estricta

aparte de que era due帽a de un sentido del humor agudo y r谩pido. Ser铆a por todas esas razones que la casa de T铆a Atala hac铆a las veces de centro de operaciones en La Capital para la familia ampliada, pues aparte de los residentes permanentes 鈥 que eran T铆a Atala y sus dos hijas 鈥 casi siempre hab铆a alguien m谩s. Las puertas estaban abiertas para cualquier familiar de las provincias que precisara asilo temporal.

C贸mo se las arreglaba T铆a Atala con su salario de maestra para mantener la casa 鈥 con todo y el entra-y-sale permanente de parientes 鈥 es un misterio que certifica a煤n m谩s la magia de esta fabulosa matrona.

***

Ser铆an principios de los a帽os cuarenta cuando sucedi贸 lo que relato aqu铆. Mi padre, por entonces un ni帽o de pocos a帽os, pasaba una de sus largas temporadas en la casona de la calle Santom茅. 脡l y la hija menor de T铆a Atala ya comenzaban a ser los primos c贸mplices e inseparables que ser铆an por el resto de sus vidas. Se pasaban el d铆a correteando y haciendo las travesuras que hacen todos los ni帽os cuando est谩n sanos.

En la casa, el espacio central era la sala. Con puertas dobles que daban a la calle, piso de mosaicos de cemento con motivos geom茅tricos y austeros muebles de caoba, era la estancia donde T铆a Atala celebraba sus frecuentes y animadas tertulias. Un aparador de madera y vidrio de cinco pies de alto, adosado a una de las paredes de la habitaci贸n, exhib铆a las reliquias familiares. Encima de la vitrina, como si fuera lo m谩s natural del mundo, hab铆a un peque帽o cofre de caoba que era en realidad un osario que conten铆a los restos de Jos茅 Mar铆a, un hermano de T铆a Atala que falleci贸 de ni帽o. Al lado del osario, apoyado en el mostrador de la vitrina e inclinado hacia la pared, estaba una gran imagen del abuelo materno de T铆a Atala, el viejo Wenceslao, con los mo帽os canosos y la cara oscura de expresi贸n perpleja resaltando de las brumas decimon贸nicas de la fotograf铆a al gelatino de bromuro.

El espacio que quedaba entre el retrato y la pared, del lado contiguo al osario, parec铆a el escondite perfecto para cualquier cosa que T铆a Atala quisiera conservar fuera de la vista y del alcance de los inquietos cr铆os. Supon铆a, y no sin raz贸n, que los huesitos del t铆o-ni帽o Jos茅 Mar铆a resultar铆an para los ni帽os bastante macabros como para disuadirlos de husmear por ese rinc贸n.

Ah铆 escond铆a T铆a Atala la 煤nica indulgencia que se permit铆a. Ocasionalmente, cuando lograba estirar sus ingresos hasta el milagro, se daba el lujo de comprar dos cajitas de turr贸n de Alicante. T铆a Atala 鈥 quien ten铆a debilidad por las golosinas, tanta como para no desmentir su complexi贸n 鈥 repart铆a una de las cajitas entre los miembros de la familia y reservaba la otra para s铆. A raz贸n de un peque帽o y furtivo bocado por d铆a, T铆a Atala alargaba por m谩s de una semana el placer de comer turr贸n.

No contaba T铆a Atala con que su hija menor y su sobrino eran tan curiosos como ella. Un d铆a en que el d煤o de primos mataba el tiempo explorando a fondo la casa, tropezaron con el tesoro escondido. Desde luego, encontrar la cajita de turr贸n y disponer de su contenido fueron una misma cosa. Sab铆an lo que estaban haciendo los dos rapaces, pues tuvieron el retorcido detalle de dejar la caja vac铆a en el mismo lugar en que la encontraron llena.

Al caer la tarde, T铆a Atala fue puntualmente a buscar su esquinita de turr贸n y s贸lo encontr贸 una envoltura hueca. Su reacci贸n no se hizo esperar.

鈥 隆Rosa Pura Josefina y Sim贸n Alejandro! 鈥 llam贸 con vehemencia. El tono y el uso de los nombres completos de bautismo en vez de los apodos cari帽osos eran un aviso inequ铆voco de lo que ven铆a. Los ni帽os lo supieron de inmediato y llegaron negando con las cabezas a煤n antes de que comenzara el interrogatorio.

鈥 驴Qui茅n se comi贸 el turr贸n? 鈥 inici贸 el careo la T铆a Atala. 鈥 No fuimos nosotros 鈥 dijo la ni帽a, que en circunstancias normales era llamada Rosette. Era un par de a帽os mayor que su primo Monch铆n, por lo que su madre sab铆a que deb铆a ser ella la autora intelectual de la trasgresi贸n.

La T铆a Atala, implacable, continu贸 el cuestionario. 鈥 Y si no fueron ustedes, 驴qui茅n fue? 鈥 pregunt贸 inquisitiva. Rosette tuvo una salida genial. 鈥 Yo no s茅, ser铆a el viejo Nelao 鈥 insinu贸 se帽alando con el ment贸n la fotograf铆a de su bisabuelo.

La mam谩 achic贸 los ojos amenazadoramente. 鈥 驴Conque el viejo Nelao? 鈥 terci贸 T铆a Atala. 鈥 S铆, preg煤ntale 鈥 urgi贸 desafiante Rosette, dando un atisbo de la mujer decidida 鈥 y, dicho sea de paso, pr贸diga de alma y cuerpo 鈥 en la que se convertir铆a.

T铆a Atala se pregunt贸 por medio segundo si asumir una postura m谩s autoritaria, pero desech贸 la idea de inmediato. La verdad es que le sobraba inteligencia para manejar la situaci贸n. 鈥 Est谩 bien. Pregunt茅mosle 鈥 dijo la t铆a con su dicci贸n exacta de maestra de escuela. Se dirigi贸 entonces a la nebulosa imagen del abuelo.

鈥 Viejo Nelao, 驴fuiste t煤 el que se comi贸 el turr贸n? 鈥 pregunt贸 con autoridad T铆a Atala. Call贸 mientras escuchaba la supuesta respuesta del retrato. Con el rabillo del ojo vigilaba a su hija y a su sobrino, que segu铆an el falso di谩logo con los ojos abiertos como monedas de medio peso. 鈥 Anj谩, ya veo 鈥 dec铆a de vez en cuando T铆a Atala. 鈥 S铆, entiendo 鈥 asent铆a con la cabeza, como quien se est谩 poniendo de acuerdo con algo. 鈥 Muy bien. Gracias, viejo Nelao 鈥 dijo finalmente.

Los ni帽os, como es natural, se mor铆an de la curiosidad por saber lo que hab铆a dicho el bisabuelo. 鈥 驴Qu茅 fue lo que te dijo el viejo Nelao? 鈥 preguntaron a coro Rosette y Monch铆n. La T铆a Atala, sabi茅ndose due帽a de la situaci贸n, se tom贸 su tiempo para contestar.

Despu茅s de hacerse rogar un poco, habl贸 la T铆a Atala. 鈥 Dice 茅l que s铆, que fue 茅l quien se comi贸 el turr贸n. Me dijo que estaba muy bueno y que lo disfrut贸 bastante 鈥 dijo ceremoniosamente. Los ni帽os no lo pod铆an creer, y miraban asombrados la cara congelada del viejo de la foto. 鈥 Y todav铆a dijo m谩s 鈥 continu贸 T铆a Atala. 鈥 Se disculp贸 por haberse comido el turr贸n sin permiso y me dijo que no lo vuelve a hacer. Tambi茅n me dijo que la penitencia por esta falta ten铆an que cumplirla los dos ni帽os buenos y encantadores que viven en la casa 鈥 termin贸 con un toque de iron铆a.

Rosette y Monch铆n se desinflaron. 鈥 驴Y le vas a hacer caso al viejo Nelao? 鈥 pregunt贸 Rosette, sospech谩ndose derrotada en su propio juego. Con su respuesta, T铆a Atala demostr贸 que cuando el otro iba, hac铆a rato que ella ven铆a. 鈥 Si te hago caso a ti, tengo que hacerle caso a 茅l. 驴No crees? 鈥 concluy贸 T铆a Atala cari帽osamente. Una sonrisa beat铆fica y triunfal le iluminaba el rostro.

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