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Los muchachos del verano

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El tiempo es un farsante. Tiene que serlo. De otro modo no se explica que, en lo que se sienten como pocos a√Īos, un universo entero se haya desvanecido.

Puede ser que por ah√≠ comience el enga√Īo. Las horas ‚Äď tan largas en el aula y en el pupitre, tan cortas en la sala y el sill√≥n de la enamorada ‚Äď se van encadenando en d√≠as y semanas. El tiempo pasado se archiva en abanicos cerrados, y, si se tiene suerte, se convierte en memoria. Cinco abanicos, un lustro. Dos paquetes de cinco abanicos, una d√©cada.

Y cuando vienes a ver, ya no recuerdas que esos diez abanicos fueron más de tres mil días

ni que aquel episodio fundamental para ti aconteció hace más de mil semanas.

El tiempo sucede en lugares, y mientras aquel se escurre, estos probablemente sobrevivieron. Lograron hacerlo, al menos, los que escaparon al estropicio de la desidia o de la impaciencia. Pero la historia que habitó en ellos, tu historia, sencillamente se fue. Desapareció.

As√≠ se esfum√≥ el Santiago callejero de los sesentas, los setentas y hasta de los ochentas. Como bien sabemos los que pasamos de la ni√Īez a la adultez durante esos decenios, las calles de la ciudad eran una extensi√≥n de los patios y de las galer√≠as. Nuestro espacio predilecto, ni m√°s ni menos.

Imposible predecir que esas mismas calles se convertir√≠an demasiado pronto en un territorio peligroso, un √°mbito proscrito para nuestros hijos e hijas, del cual hay que aislarse con verjas y muros. Imposible de prever, pues para nosotros la verdadera acci√≥n siempre estuvo en el espacio p√ļblico.

All√≠ jug√°bamos a ganar y a perder, nos pele√°bamos y nos amig√°bamos, tem√≠amos y nos atrev√≠amos, nos sab√≠amos parte de la manada y a√ļn encontr√°bamos el criterio propio. En una palabra, crec√≠amos.

Especialmente durante el verano. Liberados de las obligaciones escolares, disponíamos de nuestro tiempo a voluntad. Los días estivales, supuestamente largos y bochornosos, apenas alcanzaban para media docena de partidos de pelota callejera, un par de intentonas de maroteo, un experimento sacado de Billiken y una excursión en bicicleta a pescar tilapias en alguna laguna cercana.

La consigna era colmar la vida veraniega de emociones tan intensas como el rojo fuego de los flamboyanes de la calle del Hospicio. Siempre empujando al m√°ximo, ya fuera hinc√°ndole el diente a una guayaba injerta o chupando una semilla de mango hasta dejarla completamente limpia.

Noventa d√≠as en los que se intentaba de todo. Como, por ejemplo, burlar la vigilancia del Monumento a los H√©roes de la Restauraci√≥n para subir a escondidas hasta la c√ļspide, s√≥lo por el gusto de desafiar el v√©rtigo. O bien, ignorar la fetidez de una alcantarilla para transformarla en un pasadizo secreto entre dos barrios. O dividirnos en bandos y recolectar javillas – o cualquier otro fruto o semilla no comestible – para usarlos como municiones en guerras que no siempre terminaban en una rendici√≥n amigable.

Claro que no todo era inocencia y la ociosidad creaba ocasiones para riesgos serios y despropósitos graves. No en vano se repetían historias de muchachos que murieron jugando a la ruleta rusa o por irrespetar el reposo de la digestión. Parecía haber un club deportivo por cada muerte juvenil absurda, pues un par de ellos confirmaban las tragedias llevando el nombre de sendas víctimas del ocio mal canalizado.

Las noches, en especial, eran propicias para retar la autoridad y coquetear con lo prohibido. Tanto tiempo a la luz mortecina de los faroles del alumbrado p√ļblico no pod√≠a llenarse s√≥lo con cuentos de aparecidos y con cuerdas a los m√°s vulnerables. No pod√≠an faltar las maldades, de las cuales s√≥lo algunas eran inocentes. Alg√ļn d√≠a me animar√© a contar la historia del fantasma de La Trinitaria, y sus misteriosas apariciones durante un est√≠o inolvidable.

Tampoco faltaba quien se proclamara protagonista de proezas de cabaret imposibles de comprobar. No por ello, sin embargo, llenaban menos la imaginación. Más tarde, con la adolescencia, vendrían las novias y las serenatas hasta la madrugada, como preludio de una juventud con diversiones más adultas.

***

Pero el día era, sobre todo, para jugar en la calle. Principalmente pelota. En nuestro barrio, la pelota se jugaba en dos lotes baldíos que en un futuro remoto llegarían a convertirse en el área verde de la urbanización. En aquel tiempo, eran simples terrenos yermos con tantas piedras como malas yerbas, separados por una calle de tráfico irregular.

Ahí jugábamos pelota, usando la calle como parte del terreno de juego. En el primer lote, estaban el infield imaginario y parte del outfield. La calle y el segundo lote completaban los jardines.

No hay que decir que, por m√°s operativos de limpieza y de remoci√≥n de piedras que hici√©ramos, nuestro play estaba lejos de ser el Astrodome. Para recoger un rodado hab√≠a que ser valiente, pues nunca se sab√≠a lo que har√≠a la pelota. Hab√≠a que vencer la tentaci√≥n de usar las manos para protegerse las partes pudendas y los dientes, y escoger usarlas para darle el frente a una zumbante pelota ‚Äúde Wilson‚ÄĚ.

Por no decir que una tercera parte del tiempo de juego se perd√≠a buscando entre matorrales y pajones la √ļnica pelota que ten√≠amos. Por alguna raz√≥n, las pelotas de b√©isbol nos llegaban de una en una, y hab√≠a que sacarle el jugo a cada una. √Čramos expertos en forrar el n√ļcleo de hilo de las pelotas con cinta adhesiva pl√°stica despu√©s de que las costuras y la cubierta original de piel ya no daban para m√°s.

Los juegos se hac√≠an con dos o tres bases, dependiendo de la cantidad de jugadores disponibles. Los equipos se escog√≠an con el infalible m√©todo del ‚Äúte-pido‚ÄĚ, que permit√≠a que cada equipo tuviera su ‚Äúout-de-mama‚ÄĚ y que el match m√°s o menos ‚Äúsaliera‚ÄĚ.

Un día especialmente concurrido, en cualquier inning de cualquiera de los juegos del día, ocurrió una de esas cosas que sólo pueden pasar en la calle. No recuerdo la anotación del partido, ni cuántos outs había, ni quién bateaba. De lo que sí estoy seguro es de que quien cubría el jardín izquierdo era Alberto, uno de los asiduos al mal llamado play.

Ante un env√≠o del lanzador, el bateador hizo swing con todas sus fuerzas. Se escuch√≥ el ruido seco del choque de la pelota con la madera. El contacto fue s√≥lido, pero el bate golpe√≥ a la pelota por debajo, que sali√≥ disparada hacia arriba, en lo que parec√≠a ser un elevado inofensivo al prado izquierdo. Lo √ļnico que el jard√≠n izquierdo era en realidad parte de la calle. Ah√≠ estaba Alberto, atento como un profesional.

A partir de ese momento, las cosas se movieron en c√°mara lenta. Mientras la pelota ascend√≠a casi en √°ngulo recto, una luz extra√Īa se pos√≥ sobre todo el campo de juego. Alberto sigui√≥ la pelota con la mirada. Era evidente que iba en su direcci√≥n y que no deb√≠a tener problemas para atraparla. Pero, por alg√ļn motivo, Alberto no se movi√≥ de su lugar.

Se qued√≥ congelado en medio de la calle, y sin perder el rastro de la pelota con el rabillo del ojo, divis√≥ a una peque√Īa motocicleta que ven√≠a directamente hacia √©l. Se trataba de un se√Īor muy circunspecto, impecablemente vestido de mensajero, que ven√≠a de lo m√°s quitado de bulla por la calle que divid√≠a el campo en dos.

La pelota aparent√≥ moverse a√ļn m√°s lentamente en su trayectoria hacia el pedazo de pavimento que hac√≠a las veces de left field. Nadie se atrevi√≥ a decir nada y nadie sab√≠a porqu√©, pero todos ten√≠amos la certeza de que presenciar√≠amos un fen√≥meno singular. Por encima del mutismo de todos, s√≥lo se escuchaba el ronroneo agudo y fa√Īoso del motorcito. Recuerdo claramente que s√≥lo la motocicleta y su chofer se mov√≠an a velocidad normal, como si estuvieran en otro plano, ajenos a la lentitud y al silencio. Todo lo dem√°s estaba inm√≥vil, salvo la pelota, que continuaba su lento y trabajoso ascenso.

Apenas moviendo la cabeza, Alberto miraba alternativamente al motociclista y al elevado. La pelota alcanz√≥ finalmente su punto m√°s alto y comenz√≥ una ca√≠da casi vertical, mientras el inexpresivo se√Īor y su montura parec√≠an apurarse para llegar puntualmente a su cita con el destino.

Alberto permaneci√≥ firme en su lugar, a√ļn cuando result√≥ evidente lo que estaba por suceder. La expectaci√≥n lleg√≥ a un punto casi insostenible. La pelota. La motocicleta. La pelota. La motocicleta.

Por un milisegundo, el tiempo se detuvo y sucedi√≥ lo inevitable. Justo al lado de Alberto, y en un alarde de precisi√≥n newtoniana, la pelota transmutada en misil se estrell√≥ en el casco protector del pobre se√Īor con un chasquido sordo que se escuch√≥ en todo el barrio.

S√≥lo puedo imaginar que dentro del casco el sonido debe haberse sentido como un cataclismo. Si no lo hubiera llevado, tal vez hubiera sufrido una lesi√≥n seria. M√°s desconcertado que herido, el pulso del se√Īor flaque√≥ en el tim√≥n de la motocicleta, y trastabill√≥ levemente sobre sus dos ruedas hasta recobrar el equilibrio. La compostura y la dignidad frente a los peloteros, en cambio, ser√≠an imposibles de recuperar.

Tan desorientado estaba que le tomó unos cuantos segundos saberse ileso y comprender qué fue lo que le pasó. Como era de esperarse, no reaccionó bien. Empezó a despotricar contra todos nosotros, especialmente contra Alberto, sólo porque estaba más cerca. Alberto luchaba por musitar una disculpa sin que lo traicionara la risa.

Sin dejar de lanzar improperios, el se√Īor pate√≥ su motocicleta y reanud√≥ su camino. Al doblar la esquina, todav√≠a se o√≠an sus maldiciones de que los muchachos no inventan nada bueno, y sus amenazas de solicitar una ordenanza municipal para prohibir el retozo en la v√≠a p√ļblica.

Quebrado el embrujo del momento, la carcajada fue general. Alberto recogió la pelota y comenzó la discusión de si el batazo fue nulo, hit o error. Seguía el verano.

***

P√©rdida inexorable la del universo de la ni√Īez y de la adolescencia. De aquel mundo desdibujado s√≥lo restan algunos retazos sueltos en mi mente. Es la ley de la vida. Lo s√© bien, como tambi√©n s√© que escribir sobre √©l es un intento vano de perpetuar lo inasible. Un consuelo a medias. Pero consuelo al fin.

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