Primos

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En la antigüedad reciente – aquella época remota en la que los teléfonos no se habían convertido en una quinta extremidad, y en la que la lectura por placer competía con los juegos en la calle y no con Netflix – el verano solía ser tiempo de primos.

 

En vacaciones, de manera natural, las parvadas de muchachos que patrullaban cada barrio se ensanchaban y se contraían como un corazón, al ritmo del intercambio de primos y primas.  Un ir y venir de muchachos que enriquecía la manada con otros colores y otros sabores: los de aquí que se iban por temporadas a otros pueblos – o incluso, los más suertudos para fuera –, y los de otros lugares que venían a lo mismo.

 

Este muchacherío diversificado, desde luego, daba para mucho.  Rendía, por decir, más que una paila de espaguetis en una gira a la playa.

 

Pero sobre todo, el tránsito de primos servía para estrechar vínculos y sembrar recuerdos.  De esos que duran para toda la vida.

 

***

 

¿Quién dijo que el cariño no se hereda?  Se hereda, y hasta por varias generaciones.

 

Comenzando por la transmisión casi instintiva del afecto entre hermanos hacia sus retoños.  Dependiendo de cómo suceda esa transferencia de calidez, hay toda una gama de relaciones entre primos hermanos.  Si fue leve, los primos pueden resultar simples parientes de esos que se ven muy de cuando en vez. Si fue, en cambio, intenso y continuo, entonces los primos pueden terminar siendo más cómplices que los mismos hermanos.

 

Muchas veces sucede que la herencia de quererse viene de muy atrás, de abuelos – y hasta de bisabuelos – que eran hermanos.  Seguramente, a muchos les pasará lo que me pasa a mí, que mi primo más cercano lo es porque nuestras abuelas se querían como hermanas – en realidad eran tía y sobrina –, y se ocuparon de inculcar ese amor a sus hijas – quienes venían siendo primas en segundo grado –, y ellas a su vez a nosotros.  Como resultado, mi primo José Joaquín y este servidor pasamos muchos veranos siendo uno la sombra del otro, a pesar de que apenas somos primos en cuarto grado.

 

Luego están los llamados primos postizos, que no por serlo se quieren menos.  En esta categoría entran los hijos de compadres y comadres – o simplemente de grandes amigos – que escogieron imitar – y hasta superar – a sus padres o a sus madres en aquello del cariño.

 

Cierto que el click entre los sucesores del cariño no es ni automático ni obligatorio.  Algunos factores, eso sí, ayudan. Los primeros – la afinidad de edad y la oportunidad de que la conexión suceda con pocos años de vida – son puramente biológicos. Otro factor es más tribal, como el sentido de pertenencia a un clan con historia y códigos propios.

 

Pero siempre hace falta una dosis de no sé qué para que se establezcan lazos fuertes, a prueba de tiempo, distancia, decisiones de vida y hasta de rivalidades.

 

La verdad, sin embargo, es que el cariño casi siempre encuentra el camino.  Las más de las veces, basta con poner a dos niños pequeños a jugar juntos con frecuencia, dejarles caer como por casualidad que tienen que quererse.  Y ya.  La vida hace el resto.

 

***

 

Y vaya si lo hace, la vida.  ¿Qué no hemos vivido entre primos? Seguramente, de todo.  Desde lo más inocente y plácido, hasta lo más oscuro y peligroso.  E, incluso, hasta lo más escabroso.

 

Cada quien tendrá su anecdotario particular, un larguísimo inventario de ocurrencias nacidas del ocio compartido, en el que la risa y el susto son siempre actores principales.  Igual que las victorias y las angustias.  Y lo de pelear y amigarse.  Tomar y dejar.  Reclamar y aceptar.

 

Por suerte, si no hubo demasiado que lamentar, lo que más recordaremos es lo que nos hizo reír.  Aquellos episodios que tuvieron finales felices, o que – si no los tuvieron – se les puede injertar uno desde el tiempo y la distancia.  Después de todo, para eso sirven la memoria y el olvido.

 

Es verano, ombe.  Se vale recordar y reír.

 

***

 

¿Es el cariño entre primos una especie en vías de extinción?

 

Viendo el panorama actual, podría pensarse que, como poco, debería estar en la lista de las especies amenazadas.

 

Para empezar, las trullas de muchachos ya no son tales.  Entre que son menos – cada vez tenemos menos hijos – y que los que hay ya no pululan en la calle, ya la juntadera entre muchachos no es automática.  Hoy día, reunir muchachos en edad escolar – sean o no familia – entraña una decisión que, a su vez, implica un lleva y trae.

 

Tal vez por razones similares, el modelo de la familia ampliada es cada vez más insostenible.  La movilidad social ha aumentado, y nuestras rutinas son – no se sabe bien cómo, ni por qué ni para qué – mucho más complicadas.  Como carambola, cada vez hay menos espacio en las vidas de nuestros hijos e hijas – y, dolorosamente, en las nuestras – para el ocio puro y simple, para el juntarse por gusto y sin más propósito que ese.

 

Como digo una cosa, digo la otra.  Tecnología y redes sociales parecen tener la virtud de mitigar los efectos de la lejanía.  O, por lo menos, de evitar la desconexión total.

 

Algo bueno tenían que tener los tiempos modernos.

 

Pero queda claro.  En este ahora vertiginoso y complejo, el cariño no crece silvestre.  Hay que sembrarlo deliberadamente y cuidarlo con esmero, para que germine y repolle.  Solo así, me temo, tendrán los primos de hoy el chance de serlo de verdad.

 

***

 

Dichosos aquellos que tuvieron primos y primas al crecer.  Y quien aún los tenga cerca, bendito sea.

 

Porque, en uno y otro caso, serán dueños de uno de esos pequeños tesoros que le añaden sazón a la vida.

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