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La fábrica de los sueños

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¿Qué son los sueños que soñamos despiertos? ¿De dónde vienen?

¿Son dones, inherentes a nuestra condición humana? ¿O son, en cambio, semillas que alguien plantó en nuestro interior, con el propósito de que germinen y nos den la opción de encontrar, en su persecución, algún sentido a nuestras vidas? Si me preguntan a mí, diría que son una combinación de las dos cosas.

***

Todos soñamos, sí. Especialmente en nuestra niñez y en nuestra primera juventud. Pero también hay quien nos ayuda a soñar. Hay, incluso, quien lo tiene por oficio: estimulador de sueños de niños y jóvenes. Frecuentemente, estos instigadores del arte de soñar están disfrazados de maestros. Los mejores de ellos llegarán a la osadía de invitarnos a perseguir los sueños.

Dichosa aquella criatura que se encuentre con alguno de estos provocadores mientras le llega el tiempo de convertirse en hombre o mujer.

***

Hoy declaro que tuve esa dicha. Hoy, que se cumplen treinta años exactos de que pasé – con otros ciento seis compañeros y compañeras – por ese excitante rito de transición que es la graduación del bachillerato, declaro que soñé entonces, y que – aun ahora, cuando parece haber llegado la hora de la verdad a nuestra generación – sigo soñando.

Así de bien me enseñaron. Sueña que puedes, y lo intentarás. Sueña que se puede, y lo proyectarás. Y prepárate, porque te va a costar. ¿El fracaso? Un impostor, igual que el éxito, si llegas a creértelo. ¿El dolor? Señal de que creces, y mucho ojo con el que te quiera vender crecimiento sin dolor. ¿El esfuerzo? Si es por lo que sueñas, tendrá sentido. ¿La soledad? La compañera de los que sueñan con las estrellas.

***

En más de una manera, los sueños nos definen. La carencia de ellos, para empezar, es triste y estéril. ¿Cómo conseguir algo – grande o pequeño – si antes no fue soñado? Existe quien piensa que soñar es propio de seres simples, propensos a la fe y a la negación de la verdad auto-evidente de que el mundo va mal y siempre irá peor. Lo dicho: triste y estéril.

Luego está el tamaño de los sueños. Podemos soñar con lo que puede hacerse, y eso está muy bien. Con algo de dedicación y suerte, puede ser que hasta logremos que se haga. Y eso está requetebién.

Grandes logros individuales – escalar tal o cual montaña, o conseguir tal o cual título universitario – así como colectivos – construir instituciones, mejorar las condiciones sociales y económicas de una comunidad – se consiguen porque fueron soñados – primero – e intentados – después –.

Pero también, podemos soñar con lo impensable, con lo aparentemente inalcanzable. Y ahí es que la cosa se pone interesante, pues las naciones pueden avanzar mucho más cuando alguien se atreve a soñar y a intentar lo que supuestamente no puede hacerse.

¿Erradicar la pobreza del país? Imposible. ¿Instituciones fuertes, dedicadas a defender los derechos de todos y no los intereses de unos cuantos? Linda quimera. ¿Escuelas y educación de clase mundial para todos? Ni soñarlo. Literalmente.

A menos que te tropieces con unos maestros como los que tuvimos mis compañeros y yo en el colegio, que te regalen la noción de que soñar los imposibles del bien común constituye una imperativa moral.

Soñarlos activamente, esto es.

No pretendo afirmar que hemos sido, como generación, capaces de construir una realidad nueva, una que sea diferente, para bien, a la que heredamos. En mis mejores días, me gusta pesar que todavía tenemos la oportunidad de hacerlo.

Sí puedo afirmar, sin embargo, que los muchachos y las muchachas que desfilamos vestidos con nuestras mejores galas por el pasillo del salón de actos del colegio, aquel lejano y lluvioso sábado de junio, nos hemos atrevido a soñarlo. Alguno que otro, inclusive, ha llegado a intentarlo.

***

Treinta años. Muchos o pocos, según se vea. Serán muchos si los sueños de entonces quedaron en la gatera, reducidos – como diría el Segismundo de Calderón de la Barca – a ilusión, sombra y ficción. Pocos, si los invertimos en alimentar, construir – y hasta sufrir – esos sueños juveniles.

Treinta años. Que hayan sido proyectos, los sueños. Un puñado de ellos, cuando menos.

Treinta años. Mi recuerdo llega hasta aquellos maestros y maestras que nos enseñaron a descubrir nuestros sueños, y que – más importante aún – nos acompañaron a comenzar a construirlos. Algunos ya se han ido. Donde estén, que hasta ellos llegue mi agradecimiento y mi deseo de que la bendición sobre ellos sea eterna.

Treinta años. Mi pensamiento vuela también hacia aquellos de nuestros compañeros que ya partieron. Y me queda el ánimo de honrarlos con el ánimo de seguir soñando, creyendo y construyendo.

Treinta años. El sueño vive.

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