Los imprescindibles como Apeco parecen efímeros, son inolvidables
No hay pueblo que necesite prescindir de aquellas criaturas raras que, convertidas en duendes de la discreción, lo sueñan y lo esculpen cada día. Un pueblo sin soñadores es además de inconcebible, un triste y tétrico cementerio en movimiento. Soñar es la metafísica del decir.
No podemos organizar el universo sin imaginarlo antes, sin que le permitamos entrar en la Imago de nuestros presentimientos y sin la eficacia de nuestras esperanzas evolutivas. Esas sombras alegres que como tejiera en su andar Natalio Puras, cruzan el meridiano de sus tormentos y sus fragancias, son el tesoro invaluable de la ciudad. No siempre se perciben esas realidades sutiles, no siempre hay espacio ni tiempo, ominosamente, para mirar el cielo.
La humildad, como también la enorme humanidad que deriva de sus luces, hace de artistas como Natalio una rara avis de la complicada vida moderna. Más todo resulta, en el fondo abismal de la memoria, ilusorio. Lo más apreciado, como esas aguas, que todas son ajenas, se nos escapan de las manos en el momento que nos parece más inoportuno. Apeco es a la imagen fotográfica lo que la luz es a la cámara que la capta.
Haber muerto es una de sus fantasías de creador perenne. Todos sabemos que eso no ocurrió y que nunca ocurrirá. A la obligación que tiene su pueblo para con el artista inolvidable es convertirlo en ese espacio de fragancia que nunca pudo no reír y nunca.
Que no pudo no crear desde la imagen móvil de un lente riguroso e indócil, como suele ser el buen arte. Las obras no pueden negar su paternidad.
Sólo hacen buenas cosas los buenos y mejores los más virtuosos.
Apeco vivió de la manera en que pensaba y creía.
  
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